Allí me
encontraba yo junto a mi compañero, Grover, para realizar la entrevista
personal y privada al alcalde de Londres, David H. B. Brokenshire, que gozaba de una gran popularidad
entre la ciudadanía, pese al mal momento por el que pasaba su partido, que
corría riesgo, incluso, de desaparecer.
Brokenshire
era un regidor muy cercano al pueblo y que siempre que podía prescindía del
guardaespaldas y de la corbata, por lo que era bastante común para la
ciudadanía verlo en el Pub Melanie, lugar al que asistía el populacho en lugar
de al ayuntamiento, ya que en el Pub no debían pasar cientos de trámites
burocráticos para hablar con el primer edil durante unos escasos cinco minutos.
Incluso
recuerdo una ocasión en la que un hombre con barba, gafas de gran empaque y
zapatos llenos de barro se le acercaba a perdirle nada más y nada menos que
1000 libras; el Sr. Brokenshire se las entregó sin dudar un momento, y al día
siguiente a la misma hora y en el mismo lugar, el deudor satisfacía su empréstito,
creo que incluso con intereses, ya que pude vislumbrar seis billetes de 100
libras, dos de 200 y cuatro o cinco de 50.
Pero esto
atañe, como mínimo, la mitad de la historia, y quiero que en este libro haya un
cierto orden, así que empezaré por el principio y retomaré esta parte cuando lo
vea necesario:
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