CAPÍTULO VIII

Al día siguiente, me levanté bastante tarde. Una vez estaba lo suficientemente aseado y vestido baje por las escaleras y me dirigí a la tienda de periódicos de Mitt Lincoln, donde pude adquirir el Siete Días, y por consiguiente, leer mi artículo sobre Puma:

Triste vida, triste final por John William Dawking:

Así podemos calificar la sentencia del magistrado ayer sobre el conocido ``Puma´´. Después de cientos de delitos, el forajido galo será severamente


Y así, cual toro enfurecido se encabritó y se enfrentó a todo aquel lo que intentaba parar, mientras seguramente veía como su triste vida llegaba a un triste final.

Tras eso, comencé a andar, pues debía ir a un sitio donde quizás no sería bien recibido.

Después de una pequeña caminata, llegué al ayuntamiento, entré por la puerta y le dije a la señorona de cardado y rojizo cabello, que estaba sentada a una máquina de escribir:

-Quiero ver al alcalde Brokenshire-informé.

-El alcalde ha salido-me respondió con un tono de voz muy agudo.

-¿No estará en el Pub Melanie?-inquirí.

-Esa información es confidencial, el alcalde confía en que yo no me vaya de la lengua, y así debo hacer-me volvió a responder en un tono más agudo todavía.

Haciendo un marcado gesto de descaro, cerré las puertas con contundencia y me marché al Pub Melanie. Abrí la puerta y miré al fondo del local, a la mesa 17, donde el alcalde se solía sentar. Efectivamente, allí se encontraba, degustando un cappuccino con doble capa de nata, tal y como solía tomar dos veces por se­mana.

Después de saludar a P.T. me envié a la mesa y le dije:

-Sr. Brokenshire, ¿Me recuerda?-pregunté.

-Su rostro me he es familiar, recuerdo haberlo visto antes aquí, pero su nombre no lo puedo recordar-me respondió.

-Tal y como ha dicho sí he trabajado aquí antes. Mi nombre es John William…

-Dawking-me interrumpió el alcalde mientras me señalaba, causando que yo asintiese- Supongo que vendrás a pedirme esa entrevista de la que habla­mos hace tiempo.

-Exactamente-le respondí escuetamente.

-¿En qué periódico trabajas?-indagó.

-Desde hace poco tiempo hago faena en el Siete Días, en la sec­ción de política-alegué.

-Buen periódico-dijo en voz baja-. Y volviendo al tema principal, claro que puedes hacerme una entrevista. El próximo lunes no saldré del ayunta­miento y no tengo nada realmente relevante que hacer, así que, puedes venir ese día-concluyó.

-Gracias, Sr. Brokenshire- dije concluyendo la conversación.

Dicha esta sucinta frase me fui (no sin antes hablar un rato con P.T.) me marché a la dirección del Siete Días, entré en el despa­cho de Albert y le conté:

-Sr. Cameron, he concertado hoy una entrevista con el alcalde Brokenhire para el próximo lunes.

-Nos viene como anillo al dedo-profirió alegre-, ya iba echando en falta al­guna entrevista, desde que le hicimos una al subsecretario de Inter­ior no hemos publicado ninguna, y de eso ya hace dos semanas.

Terminada esta breve conversación, me marché y asistí a la se­sión de noche del cine, lugar al que me gustaba asistir, pues podía ver a montones de personas maravilladas por la llamada       `` magia del cine´´. Ese día emitieron una de humor, aunque no recuerdo ni el film ni los protagonistas. Al terminar el largometraje, marché a mi apartamento, donde me tomé un café con leche y, a continuación, me fui a dormir a mi catre.

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