Ese recibimiento me heló la sangre y a la vez me dejó atónito. ¿Quién me había llamado? ¿Quién podría estar allí?
-¿Quién es?-pregunté asustado e intrigado.
-¿Quién crees?-me respondió inquiriendo-¿Acaso pensabas,
triste iluso, qué no iba a saber que me estabais investigando tú y ese inútil
de Cameron?-volvió a preguntar, pero esta vez entre débiles risas.
-¿Esa voz?-reflexioné-. ¡Usted es el alcalde!-por fin acerté
a decir.
-Obvio-dijo a la vez que abría una ventana para que entrase
la luz-. No sé como pudisteis pensar que me venceríais… ¡AL PRÓXIMO PRIMER
MINISTRO!-gritó a la vez que reía.
-¡Suélteme! Pronto vendrá la policía y le detendrá-intenté
amenazarlo.
-No creo que estés en situación de ordenar nada muchacho, ya
que yo tengo esto-dijo a la vez que extraía una reluciente pistola de su
traje-¡Siéntate en esa silla!-me ordenó mientras señalaba una casi rota silla
verde, a la que los años habían tratado mal.
Obediente por miedo a que pudiese hacer cualquier cosa, y
consciente de que la ayuda no tardaría en llegar me senté en la poltrona, tras
lo cual me ató de pies y manos, dejándome inmóvil.
Cuando yo estaba donde él quería, ya pudimos seguir
hablando, aunque no conseguí que se guardase el arma.
-Supongo que querrás saber cómo ha surgido este plan, y cómo
os he descubierto-me ofreció.
-Si no hay otra cosa que hacer, cuente su historia-acepté.
Al principio solo me relató cosas que ya sabía por su
secretaría, así que me las saltaré.
-Y entonces fue cuando vi a tu amigo Grover en mi despacho,
viendo mis papeles, y claro, aunque era un buen muchacho yo no pude hacer otra
cosa-se excusó.
-Pero, ¡Quemó su casa!-clamé.
-¿Lo sabes?-me preguntó sorprendió y después continuó-. Si,
la verdad es que fui yo, ayudado por un par de cerillas que estaban en el suelo
de mi despacho.
-¡Pero él no sabía nada!-le expliqué- Él nunca supo nada de
su plan, solo entró a buscarme cuando yo entré a por mí estilográfica.
-Bueno, el cómo te enterases tú de mi plan me da igual, lo
que importa es que tanto tú como tu amigo Albert vais a acabar como tu amigo
Grover. Pero antes debo terminar de contarte mi historia-me dijo con una
sonrisa en la cara.
-Si estás tan obcecado con contarme tu relato, haré de
tripas corazón-acepté por segunda vez en tono irónico
Sin hacer caso omiso a mi ironía siguió contando su
historia:
-Cuando acabé con Grover me pensé que ya no tendría más escollos
en el camino, pero mi muy avispada secretaria se dio cuenta de que tú podías
ser un problema, así que te contó una parte de la información, para hacerte
creer que me traicionaba.
``Después tú harías todo el trabajo, no solo descubriendo el
cuarto de operaciones en el que ahora estamos y viniendo aquí en el momento
justo, sino también ayudándome a deshacerme de ese estúpido de Albert
Cameron-suspiró y a continuación continuó-. La verdad es que sin quererlo has
sido un gran sirviente en la causa. ¿No te gustaría trabajar junto a mí?-me
ofreció.
-Antes la muerte-dije solemnemente-. Jamás trabajaría con alguien
tan mezquino como usted, y mucho menos si esa persona, además de mezquina,
acaba con la vida de inocentes, como fue Grover y como es… ¿Albert?-dije
dándome cuenta por primera vez de lo que había dicho anteriormente-. ¿Qué le ha
hecho a Albert?
-Yo no le he hecho nada, pero seguramente ahora ya se encuentre
camino al camposanto, pues la policía habrá hecho lo correcto-me respondió con
la misma sonrisa sádica que me sacaba de quicio.
-¡Es usted un monstruo!-alegue.
-Puede, pero soy el monstruo que muy pronto será el primer
ministro-dijo alegre-. Y… ¡Basta de charlas!-gritó-. Creo que ya hemos hablado
bastante-volvió a su tono normal-. Ha llegado el momento de que acompañes a tus
amigos-indicó a la vez que cargaba la pistola y me apuntaba.
Sin más que hacer que aceptar mi destino, cerré los ojos y comencé
a pensar en todos mis amigos: P.T., Albert, Wayne, Oliver los parroquianos del
Pub… En definitiva, todas las personas
que nunca más volvería a ver.
Estuve con los ojos cerrados más de cinco minutos, y viendo
que mi pena capital no llegaba, decidí abrirlos. No saben cuanta fue la alegría
que me embargó cuando pude ver frente a mí a dos personas que siempre llevaré
en mis recuerdos: a Albert y a Steven y en el suelo, a otro hombre que también
estará siempre en mis pensamientos (aunque por unos motivos bien distintos): al
alcalde, que parecía haber recibido un gran golpe.
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