El doctor y yo no nos volvimos a ver más hasta dentro de 2 meses, justo el día de mi graduación, en el que estaba acompañado por todos mis amigos: P.T., los parroquianos del Pub, mi buen amigo de la infancia, Peter; Mindie, una chica guapa e inteligente con la que solía quedar para hacer apuntes e ir al lago…
Después de que el doctor Filmore me entregase el
diploma (con guiño de ojo incluido), subí al estrado y como número uno de la
promoción tuve que pronunciar un discurso bastante largo que el propio profesor
Filmore me entregó, pues era un módelo estándar, aunque yo lo cambié tanto que ni
siquiera él pudo reconocerlo.
A continuación, baje de la plataforma y me fui con
P.T. y mis amigos, todos de punta en blanco, cuando me advertí de que P.T. estaba ¡¡Llorando!!:
-P.T. ¿Estás llorando?- pregunté atónito e incrédulo.
-Sí, pero es que no quiero lo que se avecina.
-¿Cómo lo que se avecina?- indague intrigado.
-Ahora que tienes tu título universitario, te irás
del Pub y me dejarás sólo, aunque bueno ¿Nos visitarás cuando seas un periodista
famoso?-me respondió.
-En primer lugar, pasarán unos meses hasta que
encuentre un buen trabajo; y en segundo, cada vez que tenga que comer fuera de
casa, ya sea por obligación o por gusto, me verás en el Pub.
-Supongo que me dejarás buenas propias-me dijo en un
tono jocoso, mientras guiñaba su ojo izquierdo.
-Te las dejaré si suavizas tu humor, porque desde que
te dieron con esa bala en la pierna, tienes un humor propio de canes…-le rebatí
con un tono más chistoso y sarcástico todavía.
Durante los 3 meses siguientes, mi labor no cambió
mucho; solo que en vez de ir a la universidad me dediqué a enviar montones de
currículos y al ir a otras tantas entrevistas, pero el resultado nunca era el
satisfactorio, aunque todo ello cambió un 15 de octube en el que P.T. me dijo
al llegar:
-¿No has visto quien está tomándose una gran remesa
de tortitas en la mesa 17?
-Supongo que el alcalde Brokenshire, pues siempre se sienta en esa mesa-
alegué.
-Es
alguien que puede cambiar tu futuro, ves a ver- me indicó.
Siguiendo
sus indicaciones miré por la pequeña ventana que P.T. tenía en su cocina y para
mi sorpresa, vi a Albert Cameron, director de Siete Días.
Allí estaba él con sus lentes impolutas de montura circular, con su gran
barriga (alimentada por cientos de tortitas, que según rumoreaban era su comida
preferida) y con unos zapatos marrones desgastados por el uso, que dejaban entrever
que no valoraba mucho ni la ropa ni los complementos
-¡Ves
a pedirle un trabajo!-me gritó a la vez que me ordenaba P.T.
-P.T,
sé coherente, ¿Cómo me van a dar un trabajo en el tercer periódico con más
tirada en el país y en el primero de la ciudad de Londres si hace dos días me
desecharon cual panfleto usado del Cuatro
Estaciones?-dije entristecido.
-No,
John, sé coherente tú-me dijo señalándome con su dedo manchado de la grasa de
las tortitas- ese director de Cuatro Estaciones
es un meapilas presuntuoso y ¿Cómo te van a aceptar en el trabajo de tus ilusiones
si tú mismo dices que no tienes posibilidades?-intentó convencerme, ya que por
su pasado en el ejército sabía cómo motivar.
-¿Sabes
lo que voy a hacer, P.T.?-él negó con la cabeza-.Voy a ir hay y le voy a pedir
un trabajo al mismísimo Albert Cameron, y me va a decir que sí ¡¡QUIERA O NO!!-
grité.
-Así
me gusta, nunca ha sido de mi agrado tener cobardes en mi tropa-dijo terminando
la conversación.
Motivado
al máximo y con las energías renovadas, salí por la puerta, llegué a la mesa 17
y le dije a su ocupante:
-Señor
Cameron, ¿Me puedo sentar un momento con usted?-pregunté.
-Como
usted quiera, pero supongo que no le pagan por sentarse a charlar-dijo en tono
cómico señalando mi grana uniforme.
-Tengo
el permiso del jefe-dije mientras miraba a la pequeña ventana, donde PT me
miraba con los pulgares en alto, intentando decirme que las cosas iban bien.
-Bueno,
entonces siéntate-después de seguir sus instrucciones inquirió-¿Qué quiere
joven?-inquirió.
-Sr.
Cameron, mi nombre es John William Dawking. Desde hace 3 meses estoy licenciado
en periodismo y me gustaría, al menos, tener la oportunidad de una entrevista
para poder trabajar en su periódico-le respondí en un tono de confianza en mí
mismo.
-Debo
reconocer que tienes valor, pocos periodistas se atreven a pedirme trabajo un
día cualquiera-conto-, y como bien has dicho, tienes derecho. ¿En qué te
gustaría trabajar, en política o en deportes?-me dijo mientras yo sonreía.
-Ambos
campos son de mi agrado, me acomodaría al que hiciese más falta- dije con un
tono que ya tenía entrenado para las entrevistas.
Durante
los sucesivos 30 minutos me preguntó sobre todo: mi historial académico, como
era mi relación con los consumidores del Pub y mi trabajo en el mismo, sobre
mis periódicos preferidos e incluso se introdujo en la amplia cocina de P.T.
para hablarle sobre mi trabajo durante 5 minutos y a continuación hizo lo
propio con los asiduos clientes del Pub.
Después
de dicha rueda de reconocimiento, que demostraba que era un hombre muy
controlador y perfeccionista me dijo:
-Por
ahora la cosa va bien, estás con un pie dentro- y a continuación me hizo la
pregunta más anómala que nadie me había hecho en una entrevista de trabajo (y a
lo largo de mi vida he tenido miles)- ¿Te gustan las fiestas?
-¿Cómo?-pregunté
incrédulo y atónito, siendo ese el único momento de la entrevista en el que mi
tono de voz cambió.
-Creo
que la pregunta es fácil de entender, ¿Te gustan las fiestas?-volvió a
preguntar.
-Claro
que me gustan, aunque por otra parte es normal en un chico de mi edad.
-¿Sales
de fiesta los días laborables?-indagó.
-Normalmente
no, pero si lo hago (que lo hago de media una vez al mes) al día siguiente voy
al trabajo fresco como una rosa, pues yo pienso que si sabes salir también
debes saber madrugar-razoné.
-Interesante
raciocinio, ¿Estás libre el próximo jueves?-preguntó interesado.
-No
tengo nada realmente importante que hacer. ¿Por qué?
-El
próximo jueves es el día mensual en el que los periodistas de Siete Días salimos juntos de fiesta, y
si congenias con tus POSIBLES compañeros, el puesto será tuyo. Esto es
necesario porque me gusta que todos mis empleados sean una piña-explicó y dicho
esto pidió la cuenta, no haciendo falta llamar a P.T. dos veces, pues al igual
que todos los clientes del Pub nos estaba mirando sin el mínimo resquicio de
pudor.
Una
vez que el Sr. Cameron pagó su cuenta (le pareció barata) y se alejó lo
suficiente del Pub para que no pudiese ver lo que allí acontecía, el bar entero
se llenó de jolgorio y algarabía, pues todos los parroquianos y P.T. fueron a
darme las felicidades, respondiéndoles yo como sería propio de un jugador de
futbol a punto de conseguir un título, pero que está sujeto a las reprimendas
del entrenador:
-Estoy
cerca de conseguir el empleo, pero todavía queda una prueba que puede ser que
me quite todas mis posibilidades.
-¿Pero
qué dices, John? ¡Si a veces has llegado al pub con unas ojeras tan grandes
como platos por todo lo que habías trasnochado!-me rebatió P.T. causando risas
generales. Y por cierto, el jueves no hace falta que vengas, quédate durmiendo
hasta el mediodía, vente a comer y otra vez a dormir, debes al 100% cuando
salgas con tus futuros compañeros.
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