Al día siguiente, me vestí (esta vez con ropa mucho más de
diario) y tome el camino al periódico, donde nos volvimos a reunir, y nos
volvió a dejar solos a Grover y a mí, donde nos dijo:
-Como bien sabéis, Wayne está en Escocia, cubriendo la misteriosa
aparición de oro, así que, aunque a regañadientes, debo encomendaros una misión
que determinará vuestro futuro, pues no veréis la feliz cara de una escritora
que responde a preguntas sobre su
libro; veréis a uno de los mayores delincuentes que ha habido en este país:
Puma.
-¿¡El famoso Puma!? Según me he enterado, su juicio final es
hoy, ¿No querrá que lo vayamos a cubrir?-pregunté dubitativo a la vez que
excitado.
-Esa es exactamente vuestra tarea de hoy-dijo mohíno y escueto.
-Pero…pero… es muy peligroso…-acertó a balbucear Grover.
-Grover, levántate del suelo y demuestra de que pasta estás
hecho-le arengue.
Cumpliendo mis órdenes se levantó del suelo, se limpió las
rodillas manchadas de algo de polvo y se puso erguido fingiendo que su caída
al suelo había sido únicamente producto de mi imaginación y de la de Albert.
Antes de salir por la puerta, el director nos advirtió de una cosa importante:
-Llevad un pequeño bloc de notas, mucho más pequeño de lo
habitual; para que no lo vea nadie, ya que no admiten periodistas y lo más
importante, no miréis a Puma a los ojos, aunque este atado y maniatado podría
escapar y cortaros la cabeza con solo una de sus uñas. Y que conste que no
quiero decir que seáis enclenques, pero es que entre sus
muchos cargos está el matar a un hombre más fornido que vosotros dos juntos.
A continuación, salimos por la puerta acristalada que servía
de entrada al diario. En el recorrido ambos estuvimos hablando de cómo sería
Puma, los dos habíamos escuchado leído mucho sobre él, pero en verdad; ninguno
lo habíamos visto.
Llegamos al juzgado de Londres, estuvimos viendo un cártel
en el que se veían cada caso y cada sala. Pudimos ver que el juicio a Puma se
encontraba en la sala 4, así que nos dirigimos a ella, pero justo antes de que
pudiésemos entrar, un guardia cerró la puerta. Cuando llegamos le dije:
-Ábranos la puerta, señor-le pedí educadamente.
-No lo puedo hacer, la sala está llena-me respondió desnudamente.
-Eso es mentira-le dije de un modo frío-, he visto como
quedaban al menos cuatro filas de bancos vacías.
-Me da igual-me volvió a manifestar más fría y escuetamente
todavía.
-Mire señor, soy becario en el Siete
Días, y necesito ver ese juicio para que los ingleses sepan lo que
ha hecho ese hombre-dije con la frente arrugada mientras señalaba la sala-. Y
quizás mi amigo el billete de 50 libras te ayude a tomar una decisión-dije
mientras lo asomaba por el borde del bolsillo.
-¿Crees que me va a influir tu billete de 50 libras?-me
reveló de la manera ya conocida.
-Quizás el de 50 libras no, pero él y los mellizos de 20 libras
quizás te ayuden a tomar UNA BUENA DECISIÓN-expuse mientras vocalizaba de la
manera más extrema.
Hizo un gesto como para que se lo diese sigilosamente, y
solo una vez que lo había contado un par de veces, abrió la puerta y nos dejó
entrar.
-¿Por qué le has dado tanto dinero? Nos deberíamos haber ido a la sede del periódico-me indicó Grover al entrar en la sala.
-Grover, eso es lo que Albert se espera, que desistamos a la
primera; creo incluso que es él quien ha puesto al vigilante ahí-razoné.
Tras esa aclaración, otro vigilante, este con una gorra
menos ostentosa y más sobria nos hizo señales para que nos callásemos y
sentáramos. Obedientes, le hicimos caso y nos colocamos en los bancos de madera
desgastada que llenaban la silenciosa habitación.
Un par de minutos después, otro vigilante entró y rezó:
-Preside el juicio el excelentísimo señor Thatcher,
licenciado en Derecho por la Universidad de Bolonia.
A continuación entró por la puerta un delgado hombre, con
una gran peluca blanca que cubría lo que parecía una brillante calva. Sus ojos
llorosos miraron a la sala y después de que el juez tomase asiento dijo:
-Juicio 231-K Acusado: Philip Fillon. Acusado de…
En ese momento comenzó a leer un largo pergamino, divido en
3 partes, cuya lectura ocupó unos 30 minutos. Al fin, después de que dijese mil
y un delitos, dos enormes y bellas puertas de madera, ya envejecida, se
abrieron y dieron lugar a un hombre de enormes dimensiones que apenas cabía por
la gigantesca entrada.
Yo nunca antes había visto la cara de ese hombre, y pese a
que he visto muchas cosas terribles a lo largo de mi andadura por el camino de
la vida, sus ojos blancos con alguna vena rota (que hacía que su esclerótica o
``parte blanca del ojo´´ estuviese roja por la sangre cual tomate), su cara desfigurada
y cuajada de horrendas cicatrices, destacando una particularmente grotesca y
su cabeza calva con numerosas manchas y granos, de los que salían algunos pelos
grises, se llevan la palma.
Cuando entró (provocando un gran ruido por los muchísimos
grilletes que llevaba colgados) me pareció ver cómo me dirigía a mí una mirada,
que hizo que los pelos de mi brazo se pusiesen de punta.
Después de eso, se colocó frente al magistrado, y prestó declaración (siendo
interrumpido numerosas veces por declarantes que llamaba el fiscal), dando
lugar a preguntas tan estrambóticas que parecen más propias de una novela que
de un juicio, así que su lugar es ocupar los siguientes párrafos:
1) ¿Quemó usted el convento ayudándose de
montones de bobinas de hilo?
2) ¿Incitó al menor de edad de una escuela
primaria de Manchester a echar matarratas en el estofado de la cafetería?
3) ¿Asesinó al vendedor de la tienda de
plantas porqué decía que no era posible crear rosas azules?
4) ¿Provocó la inundación del ayuntamiento
hace dos años porque no le dieron permiso para construir una casa en mitad del
banco?
Este es un pequeño extracto de las decenas de preguntas que
el juez realizó, y a todas ellas el acusado respondía de una manera similar,
decía ``Si´´ o ``No´´ con una voz quebrada, de persona analfabeta (pues Puma
tenía esa condición) y acto seguido agachaba la cabeza, mirando los grandes
grilletes que poblaban todo su cuerpo.
Casi siete horas después de que entrásemos en la sala
(siendo ese el juicio más largo en el que he estado nunca), el juez (para la
alegría de todos, ya que nos encontrábamos cansados y exhaustos) estaba
preparado para exponer su veredicto.
-Señor Fillon, sus crímenes han asolado su país natal y a
esta bella nación, que lo acogió para convertirlo en alguien medianamente
normal; por lo que debo tomar la decisión de mandarlo al patíbulo, previo
encarcelamiento de 2 meses, tiempo el que se encontrara marginado, todo el día
encarcelado en una habitación, sin más compañía que el de su locura y el de los
pocos mendrugos de pan duros que coma. He dicho-acto seguido golpeó en la mesa
con el potente mazo y abandonó la sala.
Unos segundos después, todos los pobladores de la sala nos
disponíamos a salir, pero entonces supe porque Puma recibía ese sobrenombre.
Fiero cual toro español se encabritó y ni siquiera los portentosos grilletes pudieron
pararlo. Rompió de una sola patada dos bancos, que antes habían estado ocupados
por montones de personas.
A continuación, cogió un cuaderno de otro periodista
infiltrado como nosotros y lo ingirió como si de un caramelo de menta se
tratase.
Después comenzó a lanzar improperios (que como es normal, no
puedo reproducir) e incluso agredió al funcionario que intentó detenerlo (y
destacaría la palabra ``intentó´´).
-¡Márchense de aquí, Puma es muy peligroso!-alerté a toda la
gente que miraba sorprendida el espectáculo que ofrecía Puma, teniendo la suerte
de que un manotazo del criminal sólo me rozó.
Obedientes cual rebaño, todos salieron del juzgado, incluso
los más curiosos. Mientras cerraba la puerta, vi como otros cinco guardias se
abalanzaban sobre el acusado, consiguiendo pararlo al fin.
Aturdidos por el agotamiento de casi siete horas seguidas
sentados en un banco, con el mísero descanso e 20 minutos para mojar los labios
con un café aguado e insípido de la cafetería de los juzgados, nos dirigimos a
la sede del Siete Días, donde sólo nos
esperaba Albert, pues todos los demás ya habían partido a sus domicilios.
Una vez hubimos tomado asiento en su despacho, le contamos
con pelos y señales todo lo que ocurrió, poniendo especial ahínco en la brutal
respuesta de Puma al conocer el veredicto.
Tras eso, le encomendé a Grover que se marchase a su casa,
que yo montaría el artículo final. Siguiendo mis indicaciones (no sin forcejear
un poco) se marchó a su apartamento a dormir. Cuando se marchó y yo pensaba en
hacer algo análogo, pero a mí despacho, Albert me detuvo y me devolvió el
dinero que le había dado al guardia que no nos dejaba entrar al juicio,
mientras me dijo:
-Veo que no te da especial aparo desprenderte del dinero que
te damos aquí…
-No si con ello puedo conseguir más-le interrumpí.
-Eso me parece bien-hizo una pausa y después continuó-. Cambiando
de tema, mañana no vengas a trabajar, tanto Grover como tú habéis trabajado hoy
como lo hacéis durante dos días normales.
Asintiendo y dándole las gracias, salí de la habitación
y me dirigí a mi sala, donde redacte un
gran artículo de 500 palabras sobre toda la trama del juicio, los delitos y lo
más importante, de la conclusión de ese enigmático caso que trajo de cabeza a
todo un país durante largos años en los que parecía que el Puma acabaría con
la vida de todo hombre que se interfiriese en su camino.
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