CAPÍTULO V

Bastantes horas después, me desperté con un gran dolor de cabeza (aunque rechacé el licor que la fémina me ofreció bebí demasiado) y tumbado en un sofá de color gris cla­rito. Confuso, me quité las lentes, me limpié los ojos y miré a mí alrededor. A los pies de otro sofá, y con la cabeza casi en el suelo se encontraba Grover, que había sido víctima de los mismos estra­gos propios de las fiestas que yo.

Seguí mirando a mis alrededores, y en ese momento supe en donde me encontraba. En una ventana (cerrada para que el rayo cegador del sol no hiciese lo propio) se podía ver un nombre con un logotipo: Siete Días.

En ese momento, vi como Dwight subía unas roídas escaleras que crujían a cada paso, que me dijo mientras sujetaba con una mano con café:

-¿Qué tal? ¿Lo pasaste bien anoche?

-Claro, con unos compañeros de fiesta tan buenos como voso­tros cualquiera no se divierte-adulé merecidamente.

-Díselo a Steven-dijo irónico-, pese a su edad disfruta ahora de los placeres de la vida más que cuando tenía nuestra edad. Su vaso de whisky diario es sagrado. Por cierto, ¿No deberías ir al despacho de Albert, según he oído te tiene que decir algo importante?-me recomendó con una sonrisa en la cara.

Entonces lo recordé, aún estaba inmerso en una entrevista de trabajo para poder atarear en el Siete Días. Raudo cual rayo me recoloqué, limpié los atuendos y corrí hacia el despacho de Albert (después de que me indicasen donde estaba).

Después de un fortuito recorrido, allí me encontraba, delante de un despacho en el que un cártel que re­zaba: ``Sr. Albert Cameron. Director´´, en un lugar que en otras muchas ocasiones me hubiese gustado estar. Decidido. Llamé dos veces con los nudillos de la mano derecha, temblorosos, pero decididos. No tardé en oír una contestación:

-Adelante-dijo una voz recia.

Crucé el umbral de la puerta y el Albert me dijo:

-Al fin estás aquí, ya pensaba que no ibas a venir, por eso mande a Dwight a buscarte-dijo aliviado.

-Pues aquí estoy, ¿Qué tienes que decirme?-inquirí.

-Cuando ayer vinimos, la mayoría de vosotros cayó al sofá, a la moqueta o a donde fuese a echar una larga cabezada; pero yo y Stephen, como los perros viejos curtidos en mil batallas que so­mos no necesitamos ese sueño con tanta premura, por lo que nos encargamos de preguntar a cada uno de los empleados del periódico como había sido la relación contigo. El balance fue arrollador: ocho personas dijimos que sí te queríamos dentro, y sólo una (cuyo nombre, por supuesto, no puedo desvelar) no te apreciaba, aunque como él mismo dijo, no te conocía lo sufi­ciente. Por eso debo felicitarte, desde el día de mañana, lunes, eres el nuevo becario en asuntos de política (en deportes ya está todo ocupado) del Siete Días.

La alegría y el júbilo llenaron en ese momento cada célula de mi cuerpo, y solo acerté a decir:

-Muchas gracias, Albert.

-Deberías ir al Pub Melanie, cuando me marché oí como todo el mundo te felicitaba.-me recomendó

-Es cierto, me estarás esperando para que les cuente como me fue anoche.-dije cayendo en la cuenta.

Salí rápidamente del despacho, corrí y corrí como lo hacía la señora Pittsburg cada vez que un hombre le robaba el bolso (cosa bastante común), pese a mi creciente y continuado dolor de cabeza, hasta que por fin pude ver el bloque de edificios en el que residía, y debajo de este, el Pub Melanie.

Entre apresurado por la puerta, y rápidamente llamé la atención de los clientes y por supuesto de P.T. que salió acelerado de su cocina:

-Pero, muchacho, ¿Qué haces aquí un domingo a estas horas?-preguntó extrañado.

-El Sr. Cameron me ha dado una contestación-proclamé entre la gente que llenaba el bar, causando en seguida un efecto llamada.

-¿Y qué te han dicho, hijo?-me dijo el amable Sr. Brown, al que le había servido cientos de rondas, y que me conocía como a un hermano.

-¡Calla, Larry! Déjale hablar-le espetó P.T. haciendo galantería de todo su mal humor mañanero-¿Qué te han dicho?-me preguntó en un tono mucho más amable.

-Amigos, me agrada deciros que desde mañana trabajaré en el mejor periódico de toda Inglaterra, el Siete Días; en la sección de política-anuncié.

Entonces todos los clientes desfilaron por delante de mí para darme las felicidades, ya que durante un par de años (entre servicio y servicio) les había contado que mi más ferviente sueño era trabajar en ese perió­dico.

A continuación, P.T. sacó una gran fuente de tortitas y una botella del magnífico ron añejo que guardaba en el sótano y que solo sacaba de allí para las ocasiones especiales, y que sólo había visto cuando el alcalde Brokenshire había sido elegido y reele­gido (y vino al pub a celebrarlo). Sacó el desayuno y las botellas cuando dije la frase mágica:

-Yo invito.

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