sábado, 21 de julio de 2012

EPÍLOGO

Un mes después todo había vuelto a la normalidad: el exalcalde ya era carne de presidio junto a otros políticos golpistas, el Siete Días había subido considerablemente en ventas por haber sido el diario que desenmarañaba el golpe de estado, pero Londres no tenía un alcalde que representase y mantuvieses bella la ciudad, así que se convocaron elecciones municipales.

Para alegría de muchos, el alcalde elegido por un 54, 63% de los votos fue nada más y nada menos que Albert Cameron, que abandonaba así el periodismo para meterse en la primera línea política inglesa por la puerta grande, manteniendo su cargo durante 20 años, en los que elección tras elección la masa social de sus votantes crecía (llegando a un 80% de los apoyos en su última contienda electoral).

Este ha sido el relato de mi primera gran aventura como periodista. Puede que otro día, cuando me siente en mi despacho de director del Siete Días y no tenga trabajo, escriba otro libro en el que les narre mis Crónicas de Periodista.

CAPÍTULO XVI


Extrañado a la vez que feliz por la presencia allí de los periodistas pregunté (no muy acertadamente):

-¿Qué hacéis vosotros aquí?-indagé.

-Pues que vamos a hacer…Salvarte-obvió Albert-. Aunque claro, sin Steven ahora mismo tú y yo ya estaríamos criando malvas, pues cuando Steven me rescató a mí estaba en una situación análoga a la tuya.

-¿Cómo supo rescatarnos a Albert y a mí?-pregunté a Steven.

-No tengas duda te que te lo diré de buena gana, pero antes de ello, te debemos desatar y hacer lo propio con el EXalcalde de Londres-me proclamó haciendo un énfasis muy apreciable en el prefijo ex.

Haciéndole caso, atamos al señor Brokenshire en la silla anteriormente ocupada por mí, y entonces nos pudo relatar como descubrió nuestros planes al estilo del mismo Sherlock Holmes:

``Cuando tú mismo te enteraste-dijo señalándome-vi que escondías algo, sabía que no era algo referente a ti, pero sí  un trabajo periodístico; es fácil saber para alguien como yo cuando un periodista novato tiene una exclusiva-explicó-. Ahí fue cuando comencé a extrañarme, pues una exclusiva se suele publicar al día o dos siguientes de su descubrimiento.

``Luego llegaron las numerosas visitas al ayuntamiento que hacíais vosotros dos, y ya no tuve duda alguna, escondíais algo; algo suficientemente gordo y valedor de tener que investigarlo hasta la saciedad para poder publicarlo. Aún así, seguía sin saberlo, así que me propuse seguiros la próxima vez que actuaseis.

``Ese día ha sido hoy. Cuando he llegado a la oficina os he oído  cuchichear dentro del despacho de nuestro director, así que  he esperado a que salieseis de allí para seguiros. He decidido ir tras Albert, que me ha llevado hasta la comisaría de policía, donde después de un rato hablando lo tenían a punta de pistola.

-Y ahí es donde ha intervenido él para salvarme. Nunca le había visto de pegar a nadie, pues él es un hombre muy pacífico, pero con un solo puñetazo ha tumbado al oficial-terminó de contar la historia Albert.

-¿En serio?-pregunté asombrado, pues se solía decir que Steven era uno de esos hombres que desplegaban toda su fuerza sobre la tinta del periódico y que en una lucha cuerpo a cuerpo no tenían nada que hacer.

-Sí, pero bueno; no quiero que se me asocie a la violencia, así que continuaré con la historia-dijo Steven riendo.

``Una vez hubimos salido corriendo de allí (para desgracia de mi cadera), Albert me contó todo el plan del alcalde y demás políticos, para derrocar al actual gobierno e instaurar una dictadura, con David Brokenshire a la cabeza; así que apresurados vinimos hacia aquí, volvimos a noquear a otro malhechor-dijo jocoso-y te liberamos. Lo demás ya lo sabes-concluyó.

-Sólo puedo decirte una cosa, Steven: muchas gracias.-le contesté brevemente.

-Creo que hablo tanto por Albert como por mí cuando digo que somos los todos los ingleses quienes debemos darte las gracias a ti, ya que si tú no hubieses descubierto a este condenado corrupto, no se sabe ni la dimensión de lo que hubiese ocurrido-se mostró agradecido Steven.

-Bueno, dejémonos de halagos; lo que ahora nos corre prisa es llamar a un policía de bien para que encarcele cuanto antes a este delincuente y a sus secuaces-nos alertó Albert mientras señalaba al alcalde.

-Ya lo lamentarán. Algún día saldré de la prisión y seré nombrado primer ministro, ya lo verán-dijo desvariando David Brokenshire, viendo como su plan encallaba y se hundía cual Titanic político.

-¡Cállate David!-le ordenó Steven a la vez que salíamos del despacho para alertar a las fuerzas del orden.


CAPÍTULO XV

Ese recibimiento me heló la sangre y a la vez me dejó atónito. ¿Quién me había llamado? ¿Quién podría estar allí?

-¿Quién es?-pregunté asustado e intrigado.

-¿Quién crees?-me respondió inquiriendo-¿Acaso pensabas, triste iluso, qué no iba a saber que me estabais investigando tú y ese inútil de Cameron?-volvió a preguntar, pero esta vez entre débiles risas.

-¿Esa voz?-reflexioné-. ¡Usted es el alcalde!-por fin acerté a decir.

-Obvio-dijo a la vez que abría una ventana para que entrase la luz-. No sé como pudisteis pensar que me venceríais… ¡AL PRÓXIMO PRIMER MINISTRO!-gritó a la vez que reía.

-¡Suélteme! Pronto vendrá la policía y le detendrá-intenté amenazarlo.

-No creo que estés en situación de ordenar nada muchacho, ya que yo tengo esto-dijo a la vez que extraía una reluciente pistola de su traje-¡Siéntate en esa silla!-me ordenó mientras señalaba una casi rota silla verde, a la que los años habían tratado mal.

Obediente por miedo a que pudiese hacer cualquier cosa, y consciente de que la ayuda no tardaría en llegar me senté en la poltrona, tras lo cual me ató de pies y manos, dejándome inmóvil.

Cuando yo estaba donde él quería, ya pudimos seguir hablando, aunque no conseguí que se guardase el arma.

-Supongo que querrás saber cómo ha surgido este plan, y cómo os he descubierto-me ofreció.

-Si no hay otra cosa que hacer, cuente su historia-acepté.

Al principio solo me relató cosas que ya sabía por su secretaría, así que me las saltaré.

-Y entonces fue cuando vi a tu amigo Grover en mi despacho, viendo mis papeles, y claro, aunque era un buen muchacho yo no pude hacer otra cosa-se excusó.

-Pero, ¡Quemó su casa!-clamé.

-¿Lo sabes?-me preguntó sorprendió y después continuó-. Si, la verdad es que fui yo, ayudado por un par de cerillas que estaban en el suelo de mi despacho.

-¡Pero él no sabía nada!-le expliqué- Él nunca supo nada de su plan, solo entró a buscarme cuando yo entré a por mí estilográfica.

-Bueno, el cómo te enterases tú de mi plan me da igual, lo que importa es que tanto tú como tu amigo Albert vais a acabar como tu amigo Grover. Pero antes debo terminar de contarte mi historia-me dijo con una sonrisa en la cara.

-Si estás tan obcecado con contarme tu relato, haré de tripas corazón-acepté por segunda vez en tono irónico

Sin hacer caso omiso a mi ironía siguió contando su historia:

-Cuando acabé con Grover me pensé que ya no tendría más escollos en el camino, pero mi muy avispada secretaria se dio cuenta de que tú podías ser un problema, así que te contó una parte de la información, para hacerte creer que me traicionaba.

``Después tú harías todo el trabajo, no solo descubriendo el cuarto de operaciones en el que ahora estamos y viniendo aquí en el momento justo, sino también ayudándome a deshacerme de ese estúpido de Albert Cameron-suspiró y a continuación continuó-. La verdad es que sin quererlo has sido un gran sirviente en la causa. ¿No te gustaría trabajar junto a mí?-me ofreció.

-Antes la muerte-dije solemnemente-. Jamás trabajaría con alguien tan mezquino como usted, y mucho menos si esa persona, además de mezquina, acaba con la vida de inocentes, como fue Grover y como es… ¿Albert?-dije dándome cuenta por primera vez de lo que había dicho anteriormente-. ¿Qué le ha hecho a Albert?

-Yo no le he hecho nada, pero seguramente ahora ya se encuentre camino al camposanto, pues la policía habrá hecho lo correcto-me respondió con la misma sonrisa sádica que me sacaba de quicio.

-¡Es usted un monstruo!-alegue.

-Puede, pero soy el monstruo que muy pronto será el primer ministro-dijo alegre-. Y… ¡Basta de charlas!-gritó-. Creo que ya hemos hablado bastante-volvió a su tono normal-. Ha llegado el momento de que acompañes a tus amigos-indicó a la vez que cargaba la pistola y me apuntaba.

Sin más que hacer que aceptar mi destino, cerré los ojos y comencé a pensar en todos mis amigos: P.T., Albert, Wayne, Oliver los parroquianos del Pub… En definitiva, todas las personas que nunca más volvería a ver.

Estuve con los ojos cerrados más de cinco minutos, y viendo que mi pena capital no llegaba, decidí abrirlos. No saben cuanta fue la alegría que me embargó cuando pude ver frente a mí a dos personas que siempre llevaré en mis recuerdos: a Albert y a Steven y en el suelo, a otro hombre que también estará siempre en mis pensamientos (aunque por unos motivos bien distintos): al alcalde, que parecía haber recibido un gran golpe.

miércoles, 18 de julio de 2012

CAPÍTULO XIV

Llegó el gran día (el día X), y como todas las noches que precedían a los días importantes, no pude dormir y me tuve que pasar toda la madrugada leyendo o, simplemente dando vueltas por la casa, repasando vez tras vez cada detalle, por minio que fuese, de nuestro plan.

Cuando despuntó el alba ya tenía 5 cafés en el cuerpo y ya estaba totalmente uniformado para la operación, pero como pensaba que todavía Albert no estaría preparado (tonto de mí, pues él estaba incluso más nervioso que yo) me esperé hasta las 7:00.

A la hora ya citada, salí por la puerta, a la vez que P.T. abría el Pub y me preguntaba:

-¿Ya vas a trabajar, hijo? Desde luego estarán encantados contigo en el periódico-dijo orgulloso.

-Más o menos, P.T. Más o menos-dije dubitativo.

Una vez hubo terminado la escueta conversación, seguí con mi camino, hasta llegar al Siete Días, en cuya puerta me estaba esperando el curtido director.

-Así me gusta, John. La puntualidad es algo loable para un periodista-me felicitó.

-La verdad es que me resultaba difícil dormir teniendo que cumplir con una obligación tan importante-le expliqué.

-En realidad todavía no podemos salir hacia el ayuntamiento. Faltan varias horas.

-¿Y cómo pasaremos el tiempo hasta que llegue el momento de partir?-indagé..

-Yo tengo algunos juegos en mi despacho, además de montones de libros-me contestó Albert mientras se limpiaba las gafas.

-Si no hay una oferta mejor, vayamos pues-acepté-.

Y así, haciendo caso de lo que Albert había propuesto (y yo ratificado) fuimos hacia su despacho, donde estuvimos jugando principalmente a 10 partidas de cartas, en las cuales yo conseguí un reloj del director, pero él obtuvo 50 libras que me pertenecían.

Después de 3 o 4 horas de timbas, y gracias a que miré mi nuevo reloj pudimos salir, no antes de que convenciese a Albert de marcharnos ya, pues él quería seguir jugando a las cartas hasta recuperar su reloj.

Una vez salimos de la sede del periódico tomamos caminos distintos: él se dirigió hacia la oficina de policía y yo fui hasta el consistorio.

Cuando hube entrado, no fue un gran problema llegar al despacho del alcalde, pese a la total oscuridad. Ya dentro del despacho, no tuve más que meterme dentro del ``cuarto de las escobas´´ y empujar la pared, todo esto, como vengo narrando, en medio de la más absoluta oscuridad. Cuando me encontré dentro del despacho escuché un sonido, que iba acompañado de una voz:

-Bienvenido, señor Dawking.

CAPÍTULO XIII

Cuando salí de la cafetería ya había anochecido, pero pese a la oscuridad reinante por las calles debía ir esa misma noche a la casa de Albert Cameron, para que ambos emprendiésemos una maratónica investigación para acabar con  los planes de subversión. Una vez hube llegado y llamado a la puerta, (moviendo el ``timbre´´ metálico con forma de boca de león) salió inmediatamente después el Sr. Cameron, con un pelo bastante desgreñado y un batín de seda grana; que llevaba las iniciales AC grabadas con hilo dorado y que dijo:

-¿Qué haces aquí, John?-exclamó desconcertado mientras miraba su bonito reloj para saber la hora.

-Por fin le puedo contar quien son ``ellos´´.

-Perdona, pero no estoy muy  lúcido. ¿A quién te refieres?-inquirió mientras se rascaba la cabeza.

-Me refiero a los asesinos de Grover-aclaré.

En ese momento sus ojos se abrieron como platos, mientras se sentaba en un bonito sillón azul y hacía un gesto para que yo entrase y lo imitase.

-Pasa dentro, este no es lugar para hablar de eso.

Entramos en a un amplio salón decorado con bellas telas, que hacían pensar que si Albert Cameron no era muy cuidadoso en lo que a la ropa se refiere, si lo era en lo referente al mobiliario.

-Ahora podemos hablar tranquilos-empezó la conversación Albert mientras cogía su pipa y un poco de tabaco- ¿Quiénes son los asesinos de Grover?

-Pues, aunque no lo crea, es David Brokenshire-desvelé.

-¿¡EL ALCALDE!?-preguntó  a  la vez que gritaba-. Eso no es posible-descartó.

-Créame, David se pensaba que Grover había descubierto su plan del golpe de estado…

-¿Cómo que ``Golpe de Estado´´?-preguntó cada vez más alterado el periodista.

-Espérese, Sr. Cameron y al final todo le parecerá verosímil-él asintió con la cabeza y después calló, esperando a que hablase sobre aquel plan maquiavélico-.

``Según he podido saber por la mismísima secretaria del regidor, el alcalde lleva varios meses planeando (junto a otras personalidades políticas del país) un golpe de estado para acabar con el actual gobierno.

-¿Con qué fin?

-No sé porque lo harán los demás, pero el Sr. Brokenshire lo hace para poder llegar a ser el primer ministro, cargo que le han ofrecido.

Tras decir eso estuvimos cierto tiempo urdiendo nuestro plan

A la media hora aproximadamente salí de su majestuosa casa y alegre, marché al cine, donde pude ver a precio de saldo un bello melodrama que incluso hizo que soltase alguna lágrima (aunque alguna de ellas era provocada, ya que el parecer sensible era una de mis técnicas para el cortejo).



A la mañana siguiente…

El viento gobernaba las calles y a las diez de la mañana, Albert ya me estaba esperando a la puerta de su casa a con no más ropa que una camisa y una chaqueta casi raída, pese al mal día dominante en Londres.

Sin proferir palabra, comenzamos a andar; mientras Albert miraba su agenda color marrón en la que anotaba (en un idioma que jamás descifré) todos sus quehaceres y las exclusivas periodísticas.

Cuando estábamos a punto de entrar en el ayuntamiento, vimos a un renombrado periodista, y lo que es más importante, al némesis del Sr. Cameron, el ya casi octogenario Sigmund Livingstone, un periodista (a mi juicio) excelente, aunque bastante remilgado.

-Albert, ¿Cómo tú por aquí?-Inquirió el anciano con una mirada de repulsión.

-No es de tu incumbencia-respondió escuetamente-. Me jugaría el Siete Días a que has venido aquí a pedirle entrevistas al alcalde-dijo con un gesto de desaprobación aún mayor que el que él recibió- Yo en cambio, he venido porque sé algo muy importante de él, y es que…-no pudo terminar la frase, ya que yo le pisé contundentemente el pie.

-¿Y quién es este pipiolo que te acompaña?-Dijo fijándose por primera vez en mí-. ¿Ya le has enseñado lo que no hay que hacer para ser un buen periodista?

-Claro que sí, le he hecho leerse todos tus artículos-le respondió con una sonrisa sádica en la cara-.Bueno, si no es molestia, me gustaría que nos dejases solos.

Obediente, y después de escupir cerca de donde nos encontrábamos, se fue de allí ayudado de su brillante bastón.

-¿Por qué se lleva tan mal con él?-le pregunté yo mientras abría las puertas del consistorio.

-Sabes que no me gustan demasiado los secretos, pero el motivo de nuestras trifulcas irá conmigo a la tumba-profirió solemnemente dando por finalizada la conversación.

Una vez dentro del edifico, que en esos momentos estaba completamente vacío, yo me puse a cuatro patas para poder gatear sigilosamente y poder entrar en el despacho después de que Albert hiciese su parte con la secretaría:

-Hola Margaret, ¿Está el señor alcalde?-le inquirió mostrando su sonrisa.

-No. David últimamente anda muy ocupado con unos asuntos privados-le respondió mientras se limaba las uñas.

En cuanto el ``no´´ salió de la boca de la secretaría, abrí la puerta sin hacer ruido alguno, y solamente después de entrar y cerrar nuevamente la puerta me volví a poner erecto.

Siendo consciente de que el alcalde podía volver en cualquier momento de sus turbios asuntos, me dirigí raudo a su mesa y empecé a abrir todos los cajones, pero solo encontré ordenanzas municipales, presupuestos, pasatiempos varios y discursos oficiales.

-Este alcalde es listo-afirmé-, debe de haber cambiado de lugar los papeles de la operación. Pero, ¿Dónde estarán?-me dije para mí mismo.

Mirando la habitación como un águila mira el bosque bajo su vuelo, vi una puerta casi inapreciable, pues su color era exactamente igual al de la pared. Decidido, me acerqué a ella, y la abrí, pero allí solo había para mí desdicha una fregona y un cubo grisáceo, acompañado por algunas telarañas.

Cuando iba a salir por la puerta, oí gritar a Albert: ``Buenos días, señor alcalde´´, sin duda para alertarme de que debía esconderme, y sin pensarlo dos veces, fui hacia el armario de las escobas.

En efecto, justo cuando cerré la puerta del cuarto, el alcalde entró en su despacho murmurando contento y diciendo cosas como ``cada vez más cerca´´ o `` ¡Qué poco falta!´´.

Dentro del cuarto de las escobas estaba realmente incómodo, y en uno de los momentos de mayor suerte de mi carrera, me apoyé en la pared, dándome cuenta de que la pared frontal a la puerta estaba hueca. Intenté tirar al suelo la pared, pero fue inútil, así que haciendo ahínco de todas mis fuerzas pegué un puñetazo a la pared que la hizo caer.

Allí sí que estaba todo lo que estaba buscando: montones de archivadores, algunas armas, fotos del primer ministro con pintura, que rezaban mensajes como ``Objetivo´´ ``Antibritánico´´. Y en el lugar con mejor luz (que no sé de donde provenía), una sólida mesa de madera con un papel arrugado encima. Leí la carta, que decía:

Llegó la hora por Da­vid H.B. Brokenshire:

Al fin llegó el momento de sublevarse contra este impotente gobierno de inútiles, y hacer de Inglaterra la bella nación que a nuestros corazones y a los ingleses pertenece. Pero antes de nada, debemos terminar de conseguir el presupuesto necesario, por lo que dentro de cinco días, ustedes traerán el dinero a mi despacho, y tan solo dos días después, haremos explotar la bomba que acabe con la vida del primer ministro, iniciando así la revolución.

Viendo que nos quedaba poco tiempo para actuar a mí y Alfred me apresuré a salir del cuarto de las escobas, olvidándome totalmente de que en el despacho estaba el alcalde, que por suerte (ese día todo lo tuve de cara) había salido, seguramente, a repartir las copias de la carta que acaba de leer.

Sin hacer ninguna comprobación salí por la puerta y me dirigí al Siete Días, donde en la puerta me esperaba Albert, que me preguntó impaciente:

-¿Qué has averiguado?

-Vayamos a su despacho, Sr. Cameron, aquí podrían oírnos-le respondí en un tono de voz casi inapreciable.

Una vez que entramos en su habitación de trabajo le conté todo lo que ahora sabía sobre el golpe de estado (y que no os relataré, pues ya sabéis). Una vez que hube terminado, me dijo:

-¡Tenemos que actuar pronto!-gritó, haciendo que se cayese uno de sus libros de las estanterías

-Cálmate, Albert. Debemos pensar con la cabeza fría-le aconsejé.

-¿Cómo quieres que me calme? Ese loco está a punto de acabar con la democracia de Inglaterra-gritó más fuerte y tras una parada dramática continuó-, y pensar que lo vote como alcalde-dijo triste.

-Todos lo votamos, ganó con el 60% de los votos, -razoné-¿Quién se podría imaginar que era así? Pero lo importante es que lo es, y lo tenemos que intentar es vencerle.

-Vale, tengo un plan-me dijo el director calmando su tono de voz.

-¿De qué se trata?-inquirí.

-Durante estos días sólo podemos esperar, pero el día X, como lo llamaremos estará lleno de actividad. Tú iras a la habitación esa que me has dicho, donde detendrás al alcalde, para que no pueda salir de allí hasta que llegue yo con la policía…-decía cuando cuándo le interrumpí.

-¿No es un riesgo recurrir a la policía? Quizás este unida al movimiento golpista del alcalde-le pregunté preocupado.

-Ya había pensado en eso, y para no tener ningún riesgo, me inventaré alguna mentira con la que llevarlos al ayuntamiento. Una vez en el consistorio, se verán obligados a apresar al alcalde, pues si no lo hiciesen, se delatarían  ellos mismos en el caso de que formen parte del golpe.

-Me parece un buen plan. Esperemos que salga todo bien, pues si fallásemos…-dije mientras imaginaba.

domingo, 15 de julio de 2012

CAPÍTULO XII

Después de llegar al pub y empujar la enclenque y desgastada puerta verde; me puse ojo avizor cual vigía de barco pirata para encontrar al misterio remitente de la carta.

El café se encontraba totalmente atestado, por lo que mi labor se convirtió en, cuanto menos, ardua. Por fin, una persona con un enorme anillo de diamantes (que se tapaba la cara con un menú) hizo gentos para que me acercase, y obediente como un siervo de la Edad Media, me acerqué a él. Aún detrás del menú de los numerosos cafés que allí servían, preguntó:

-¿Has venido solo?

-Sí-respondí escuetamente.

-¿Has hablado con alguien de esto?

-No, aunque he sentido ganas de contarlo.

Una vez que respondí, se quitó el minuta de la cara, y pude ver que el confidente desconocido, aquel que me ayudaría a avanzar en la investigación, era… ¡La secretaria del alcalde!

-¿Es usted la delatora?-inquirí casi gritando.

-Baja la voz si no quieres que me marche y te deje solo-me ordenó a la que amenazaba.

-De acuerdo-reconocí bajando la cabeza.

-Así me gusta. Y sí, yo soy quien te contará los planes del Sr. Brokenshire, porque pese a que es mi amigo y jefe, no puedo permitir que la bella democracia se vaya al cuerno-yo asentí y ella continuó-.

``Hace algunos años, cuando David todavía esperaba su nominación a la candidatura para el ayuntamiento de Londres, era un joven modélico, demócrata y que siempre hacía todo lo posible para ayudar a los más necesitados. Y en realidad, así continua siendo, pero desde que algunos miembros de otros gobiernos le lavaron el cerebro para que diesen ese golpe de estado está irreconocible´´.

``David comenzó a trabajar junto a otros en el ``objetivo´´, como él lo llama siempre. A través del golpe de estado, pretenden convertir a Inglaterra en una dictadura, en la que se suprimirán los derechos y la libertad de expresión, y en el que la batuta de mando la llevarán el Sr. Brokenshire y algunos de los políticos más corruptos del país.

-¿Y quiénes son esas personas?-pregunté, dándome cuenta de que lo descubierto por mí días atrás era más importante de lo que me imaginaba.

-Son algunos ministros del gobierno, el alcalde de Manchester, el primer teniente de alcalde de Liverpool y otras personas que se encargan de comprar todo un arsenal de armas y recursos para cuando llegue el gran momento.

-¿Cómo obtienen el dinero?

-Lo dan entre todos los que apoyan el golpe, incluido un banco importante, la Caja Támesis; el alcalde suele proporcionar dinero para rifles-concretó.

-¿No entregará el dinero a un hombre con barba y grandes lentes?-pregunté uniendo cabos.

-Sí.-me confirmó-. Ese es Sigmund Blair. Se encarga de hacer llegar a la sede del plan (situada en Glasgow) el dinero.

Es ese momento, recordé cuando el Sr. Brokenshire le dio 1000 libras a ese tal Sigmund, a cambio de algunos intereses.

-Entonces, si es cierto que el alcalde es un demócrata, ¿Qué gana con el golpe?-escruté acordándome de lo que la secretaria me había dicho minutos atrás.

-Como bien le he dicho antes, el Sr. Brokenshire continúa siendo un demócrata, pero es un hombre muy ambicioso, y dejó de ver los resquicios legales y morales del plan cuando le ofrecieron ser el nuevo primer ministro.


-¿ Brokenshire será el primer ministro si el golpe prospera?-pregunté estupefacto.

-Tras muchas negativas de David para participar en el golpe, le ofrecieron la jefatura del estado, y él no pudo declinar la oferta.

-Realmente estoy sorprendido por todo lo que rodea al golpe, y a no ser que tenga algo más que contarme, me marcho. Debo actuar cuanto antes para que el plan no diga avanzando-proclamé convencido.

-Vale, márchese, ya no tengo mucha más información que proporcionarle. Pero le daré un consejo, no publique absolutamente nada. Puede investigar, ayudarse por amigos, interrogar a gente… Pero nunca publique nada, el grupo golpista sabe más de lo que pensamos.

-¿En qué sentido?-curioseé intrigado una vez más.

-No sé cómo lo hacen, pero todos los días por la noche, al alcalde le llegan los ejemplares de todos los periódicos que se publicarán día siguiente, y estoy al corriente de que ningún director ni empleado se los suministra.

-¿Y para qué quiere los periódicos?

-¿No es obvio? Los recibe para comprobar que en ningún periódico se habla de sus planes-me explicó.

-Gracias por avisarme-dije satisfecho por los resultados de la conversación.

-Suerte-me dijo la secretaría mientras salía por la puerta, dando por concluida la que posiblemente sería, la única vez que hablásemos en la vida.

CAPÍTULO XI

Aquella noche no pegué ojo. Mis párpados sólo cayeron sobre mis ojos marrones para pestañear. Durante todo el crepúsculo estuve mirando el techo de madera, pensando incansablemente si debía contar a las autoridades competentes los planes golpistas del alcalde Brokenshire y de sus secuaces, que en ese momento me eran desconocidas.

Cansado de estar postrado en mi camastro sin descanso du­rante horas, me levanté al alba y me vestí sin muchos adornos, solamente una camisa blanca, unos pantalones y unos zapatos negros.

Después de tomarme una considerable dosis de café fuerte (ya que no había dormido nada durante la noche), cogí mi maletín y salí de casa. Lo primero que hice fue ir al parque MacArthur, donde solía ir con mis amigos a pasar un rato afable o para aclarar mis pensamientos, ya que el rocío que mojaba el buen césped del parque solía ayudar a mi cerebro a salir de dudas; siendo este el motivo porque el que fui ese día.

Después de pasear un rato que no sabría medir con minutos y segundos, había aclarado mis pensamientos (o al menos eso pensaba).

Me dirigí al Siete Días, y como yo esperaba, en la puerta acristalada ya lucía el cartel de ``Abierto´´. Decidido, atravesé la puerta y me dirigí al despacho de Albert. Llamé con los nudillos a la puerta, y pase:

-¿Qué haces aquí tan pronto, John?-indagó sorprendido Albert.

-Albert, sé quien asesinó a Grover-proclamé haciendo caso omiso a su pregunta.

-¿Có…mo?-inquirió el director, emulando a mi respuesta del día anterior.

-Ha oído bien. Por culpa de una exclusiva, Grover murió, y suerte he tenido de que ``ellos´´ no sepan que yo también lo sé, valga la redundancia-respondí.

-¿Quiénes son ``ellos´´? ¿Quién asesinó al pobre Grover?-pre­guntó con una voz quebrada.

En ese momento caí en la cuenta: el saber (aunque en realidad no lo sabía) la existencia del Golpe de Estado acabó con la vida de Grover, y era propio de un verdadero necio pensar que Albert Cameron, uno de los mejores periodistas que había dado Gran Bretaña, no indagaría en el asunto, arriesgándose a tener el mismo final que su empleado. Y era demasiado pronto para que Albert corriese ese riesgo, antes debía tener más información.

-¿Sabe qué, Sr. Cameron?-él negó con la cabeza-. Todavía no le puedo decir quiénes son ``ellos´´, pero no le quepa duda que de pronto lo sabrá. Sólo le puedo decir que algo gordo se está co­ciendo en Londres.

Después de decir esas últimas palabras, y bajo la atenta e incrédula mirada del Sr, Cameron, cerré la puerta y me marché de allí.

Mi situación no cambio un ápice durante dos días: yo no sabía qué hacer, Albert me acechaba en las esquinas, preguntándome sin cesar por la identidad de aquellos misteriosos hombres… Pero todo ello cambió una húmeda mañana, en la que después de vestirme, bajar al portal y saludar al anciano portero, Opie, que siempre tenía una sonrisa y un comentario amable para quien lo necesitase, abrí mi oxidado buzón, que se perdía entre los montones de ellos que allí había. En el casillero encontré lo propio: cartas. Algunas eran del banco, otras de publicidad, pero otra no tenía ni remitente, ni sello, ni realmente nada de lo que caracteriza a una carta. Sólo uno de los laterales rezaba: ``John´´.

Intrigado con la curiosidad que nos caracteriza a los periodistas (que ya he citado en numerosas ocasiones), abrí el mensaje y lo leí:

Ambos sabemos lo que están tramando ciertas personas para nuestro país dentro de unos cuantos meses. Ninguno de los dos lo queremos, y si quiere que le amplíe la información, venga mañana a las 18:00 al café Italia. Por favor, venga sólo y no hable de esto con nadie. Yo me dirigiré a usted.



Me sentía emocionado y, en menor medida, asustado. Puede que esa confesión de alguien anónimo me fuese útil, pero quizás fuese una trampa. Yo sabía que debía correr el riesgo, no solamente por mí, sino porque era posible que además del emisor, sólo yo conociese los malévolos planes del alcalde Brokenshire y sus secuaces.

Excitado, me fui al trabajo, donde tuve que hacer muchísimos esfuerzos para no contar a nadie, ni siquiera a Oliver Green (que siempre se interesaba por los asuntos ajenos) lo que esa misma tarde me ocurría. Por fin, a las 17:30 (después de inventarme una rebuscada excusa) pude salir raudo por la puerta y dirigirme al Pub Italia, donde encontraría al misterioso remitente.


jueves, 12 de julio de 2012

CAPÍTULO X

Al día siguiente, como tantos otros a lo largo de mi vida, me dirigí al Siete Días, pero ese lo recuerdo como uno de los más tristes de mi carrera.

Entré por la acristalada puerta y me encontré a Albert apenado, totalmente vestido de negro, algo raro, pues era un hombre ver­daderamente jubiloso y fue cuando me dijo algo que heló mis venas y puso de punta hasta el último pelo de mi cuerpo:

-John, tengo una mala noticia que decirte-dijo.

-Suelta por esa boquita-le respondí con mi normal tono jovial.

-Verás, esto es difícil de decir, pero… Grover ha muerto-reveló.

-¿Có…mo?-acerté a decir desconcertado.

-Sí, ayer ocurrió la fatalidad-comenzó a contar-. Mientras el pobre de Grover dormía toda la estructura de su antiquísima casa de madera ardió cual palillo, provocando algo fatal. Su funeral es esta tarde, de ahí mi lúgubre atuendo.

Después de estar un momento asimilando lo que acababa de es­cuchar, acerté a decir afligido y escuetamente:

-Debo ir a casa a cambiarme de ropa, no puedo ir a darle el último adiós a mi mejor amigo con estas vestimentas.

-Claro, mañana el periódico no llevara ningún artículo con tu editorial, este es tu día libre; una muerte así se tarda en asimi­lar. Incluso ahora recuerdo en numerosas ocasiones a mi compañero de vivencias, Arnold Sullivan, que murió en un acci­dente de coche.

Después de ir a mi vivienda, y quitar de su funda mi ropa de los funerales, me la puse y marché otra vez al Siete Días, donde todos me esperaban para asistir al lúgubre evento. Nos pusimos en marcha, y después de un sermón verdaderamente largo, le dimos un último adiós a Grover. A continuación, el sacerdote me llamó al estrado y me pidió que dijese unas palabras; y ya que yo no tenía fuerzas para luchar, le hice caso y proclamé un sermón totalmente improvisado, pero que tuvo un efecto satisfactorio.

Tras dar nuestras más sinceras condolencias a la familia, todos marcharon a la sede del periódico, todos, menos yo, que me di­rigí al lugar que antes había ocupado la bonita hacienda de Gro­ver. Allí ya solo restaban los desechos de lo que fue una gran casa, las vigas de la estructura se encontraban esparcidas por todos sitios, y lo mismo ocurría con los pocos restos del mobilia­rio del hogar.

En pos de estar erguido unos cuantos minutos, reflexionando de cuan perecedera, breve y esquiva es nuestra existencia, me iba a marchar, pero por suerte, se me cayó la copia de las llaves del Pub. Como no podía ser de otra manera, me agaché a por ella, pero vi algo más. Entre los escombros de la ya inexistente casa había una caja de cerillas usadas análoga a la que puede ver un día antes en el despacho del alcalde Brokenshire, algo que me dio mucho que pensar, pues grandes pruebas apuntaban a que había sido el regidor de la ciudad londinense el causante del incendio. Pensando en que esa caja de cerillas me podía ser útil en otro momento, la escondí detrás de unos matorrales, donde nadie la vería y donde la encontraría si al final inculpaba al alcalde.

Asustado, por cuantas cosas estaba descubriendo de la vida oculta del alcalde me escapé de allí y fui corriendo a mi casa, donde me tomé unas cuantas tilas, yéndome después a mi ca­mastro para poder consultar con la almohada que hacer.

CAPÍTULO IX

Unos días después, allí me encontraba yo junto a mi compa­ñero, Grover, para realizar la entrevista personal y pri­vada al alcalde de Londres, David H. B. Brokenshire, que gozaba de una gran popularidad entre la ciudadanía, pese al mal momento que pasaba su partido, que corría riesgo de desapare­cer.

Brokenshire era un regidor muy cercano al pueblo y que siempre que podía prescindía del guardaespaldas y de la corbata, por lo que era bastante común para la ciudadanía verlo en el Pub Melanie, lugar al que asistía el populacho en lugar de al ayuntamiento, ya que en el Pub no debían pasar cientos de trámites burocráticos para hablar con el primer edil durante unos escasos cinco minutos.

Incluso recuerdo una ocasión en la que un hombre con barba, gafas de gran empaque y zapatos llenos de barro se le acercaba a perdirle nada más y nada menos que 1000 libras; el Sr. Bro­kenshire se las entregó sin dudar un momento, y al día siguiente a la misma hora y en el mismo lugar, el deudor satisfacía su empréstido, creo que incluso con intereses, ya que pude vislumbrar seis billetes de 100 libras, dos de 200 y cuatro o cinco de 50.

Pero volviendo al tema: la empleada pelirroja que unos días an­tes no me dijo donde se encontraba el primer edil nos abrió la puerta y Grover y yo pasamos a una gran sala de espera, en la que nos sentamos para hacer antesala a que el alcalde Brokens­hire nos atendiese. Cinco minutos después, la puerta de su des­pacho se abrió y nos hizo gesto para que entrásemos.

Haciéndole caso pasamos y nos sentamos frente a su mesa. Mientras yo le hacía las preguntas, Grover se encargaba de to­mar algunas anotaciones que apostillaban a las mías.

Después de una hora de una entrevista que daría pie al verda­dero argumento del libro, salimos del despacho con varios folios repletos de preguntas y respuestas. Cuando nos disponíamos a bajar las portentosas escaleras que suponían la salida del con­sistorio, me di cuenta de que había dejado la pluma que me había regalado P.T. en mi graduación en el despacho del regidor.

Una vez alerté a Grover de la pérdida, me di la vuelta y llame al despacho del alcalde. No obtuve respuesta alguna, pero como debía de recuperar mi estilográfica, entre decidido. No había nadie, y el recuperar mi esferográfico no supuso un gran es­fuerzo, pues se encontraba debajo de la silla en la que me había sentado, pero antes de ello, me dispuse a mirar algo que llamó poderosamente mi atención, en el centro de la mesa, con algunas manchas de tinta fresca, había un folio que no se encontraba allí hace solo unos minutos.

Motivado por la famosa curiosidad del periodista, eché una mirada en la que leí algo que cambió totalmente mi imagen sobre David H. B. Brokenshire:

Un nuevo rumbo para Inglaterra por Da­vid H.B. Brokenshire:

Dentro de pocos meses, cuando el otoño llegue a su fin, nosotros, los ingleses comprometidos con nuestra madre patria debemos hacer algo para que este bello país llegue a un nuevo rumbo, liderado por nosotros. Puede que ustedes se pre­gunten, ¿Cómo lo conseguiremos?

La respuesta es sencilla, cuando llegue el momento, nos alzaremos con el actual y demencial gobierno y haremos lo que de verdad hace falta, un GOLPE DE ES­TADO*

*En realidad, en el texto original las palabras no aparecían marcadas en negro y con mayúscula, pero lo he añadido para dar potencia a la frase.

Paré de leer y volví a rememorar las palabras del  último párrafo, pues no podía creer que el Sr. Brokenshire, al­calde de Londres, con gran popularidad entre la ciudadanía y conocido ``demócrata´´ planeara dar un golpe de estado. En ese momento, mi oído me salvó la vida, pues oí como se acercaba alguien. Raudo cual puma, corrí hasta situarme detrás de las gruesas y opacas cortinas púrpuras.

Justo después, la puerta se abrió, pero, para mi respiro, era Grover, que me buscaba. Alertado también por la presencia del papel, se acercó a él, pero antes de que pudiese llegar a la parte verdaderamente importante, la puerta se volvió a abrir, dejando entrar al verdadero ocupante del despacho:

-¿Qué haces aquí? ¡La entrevista ha terminado!-vociferó el al­calde.

-Ya lo sé, pero estaba buscando…

-¡Me da igual! ¿Qué hacías mirando el folio?-preguntó preocu­pado.

-No me ha dado tiempo a leerlo-respondió aún más preocupado.

Después, sin saber muy bien qué hacer, se acercó a la puerta, y mirando todavía a los enfadados ojos del alcalde, salió de la habitación.

Aún bufando cual animal rabioso, el regidor se sentó en su silla de tercio­pelo y dobló el panfleto, metiéndoselo en la chaqueta. Yo mien­tras tanto, me encontraba detrás de las cortinas, rezando todo lo que sabía para salir de esa tan incómoda situación y mientras veía que el suelo estaba lleno de cosas, desde sacapuntas hasta cerillas.

Por suerte, unos minutos después la secretaría del alcalde llamó a este y yo pude escapar de ese fatigoso escenario, encontrán­dome en la puerta a Grover, con el cual fui  a la sede del perió­dico, donde juntos montamos el artículo que al día siguiente ocu­paría la primera plana del periódico.

lunes, 9 de julio de 2012

CAPÍTULO VIII

Al día siguiente, me levanté bastante tarde. Una vez estaba lo suficientemente aseado y vestido baje por las escaleras y me dirigí a la tienda de periódicos de Mitt Lincoln, donde pude adquirir el Siete Días, y por consiguiente, leer mi artículo sobre Puma:

Triste vida, triste final por John William Dawking:

Así podemos calificar la sentencia del magistrado ayer sobre el conocido ``Puma´´. Después de cientos de delitos, el forajido galo será severamente


Y así, cual toro enfurecido se encabritó y se enfrentó a todo aquel lo que intentaba parar, mientras seguramente veía como su triste vida llegaba a un triste final.

Tras eso, comencé a andar, pues debía ir a un sitio donde quizás no sería bien recibido.

Después de una pequeña caminata, llegué al ayuntamiento, entré por la puerta y le dije a la señorona de cardado y rojizo cabello, que estaba sentada a una máquina de escribir:

-Quiero ver al alcalde Brokenshire-informé.

-El alcalde ha salido-me respondió con un tono de voz muy agudo.

-¿No estará en el Pub Melanie?-inquirí.

-Esa información es confidencial, el alcalde confía en que yo no me vaya de la lengua, y así debo hacer-me volvió a responder en un tono más agudo todavía.

Haciendo un marcado gesto de descaro, cerré las puertas con contundencia y me marché al Pub Melanie. Abrí la puerta y miré al fondo del local, a la mesa 17, donde el alcalde se solía sentar. Efectivamente, allí se encontraba, degustando un cappuccino con doble capa de nata, tal y como solía tomar dos veces por se­mana.

Después de saludar a P.T. me envié a la mesa y le dije:

-Sr. Brokenshire, ¿Me recuerda?-pregunté.

-Su rostro me he es familiar, recuerdo haberlo visto antes aquí, pero su nombre no lo puedo recordar-me respondió.

-Tal y como ha dicho sí he trabajado aquí antes. Mi nombre es John William…

-Dawking-me interrumpió el alcalde mientras me señalaba, causando que yo asintiese- Supongo que vendrás a pedirme esa entrevista de la que habla­mos hace tiempo.

-Exactamente-le respondí escuetamente.

-¿En qué periódico trabajas?-indagó.

-Desde hace poco tiempo hago faena en el Siete Días, en la sec­ción de política-alegué.

-Buen periódico-dijo en voz baja-. Y volviendo al tema principal, claro que puedes hacerme una entrevista. El próximo lunes no saldré del ayunta­miento y no tengo nada realmente relevante que hacer, así que, puedes venir ese día-concluyó.

-Gracias, Sr. Brokenshire- dije concluyendo la conversación.

Dicha esta sucinta frase me fui (no sin antes hablar un rato con P.T.) me marché a la dirección del Siete Días, entré en el despa­cho de Albert y le conté:

-Sr. Cameron, he concertado hoy una entrevista con el alcalde Brokenhire para el próximo lunes.

-Nos viene como anillo al dedo-profirió alegre-, ya iba echando en falta al­guna entrevista, desde que le hicimos una al subsecretario de Inter­ior no hemos publicado ninguna, y de eso ya hace dos semanas.

Terminada esta breve conversación, me marché y asistí a la se­sión de noche del cine, lugar al que me gustaba asistir, pues podía ver a montones de personas maravilladas por la llamada `` magia del cine´´. Ese día emitieron una de humor, aunque no recuerdo ni el film ni los protagonistas. Al terminar el largometraje, marché a mi apartamento, donde me tomé un café con leche y, a continuación, me fui a dormir a mi catre.