CAPÍTULO IX

Unos días después, allí me encontraba yo junto a mi compa­ñero, Grover, para realizar la entrevista personal y pri­vada al alcalde de Londres, David H. B. Brokenshire, que gozaba de una gran popularidad entre la ciudadanía, pese al mal momento que pasaba su partido, que corría riesgo de desapare­cer.

Brokenshire era un regidor muy cercano al pueblo y que siempre que podía prescindía del guardaespaldas y de la corbata, por lo que era bastante común para la ciudadanía verlo en el Pub Melanie, lugar al que asistía el populacho en lugar de al ayuntamiento, ya que en el Pub no debían pasar cientos de trámites burocráticos para hablar con el primer edil durante unos escasos cinco minutos.

Incluso recuerdo una ocasión en la que un hombre con barba, gafas de gran empaque y zapatos llenos de barro se le acercaba a perdirle nada más y nada menos que 1000 libras; el Sr. Bro­kenshire se las entregó sin dudar un momento, y al día siguiente a la misma hora y en el mismo lugar, el deudor satisfacía su empréstido, creo que incluso con intereses, ya que pude vislumbrar seis billetes de 100 libras, dos de 200 y cuatro o cinco de 50.

Pero volviendo al tema: la empleada pelirroja que unos días an­tes no me dijo donde se encontraba el primer edil nos abrió la puerta y Grover y yo pasamos a una gran sala de espera, en la que nos sentamos para hacer antesala a que el alcalde Brokens­hire nos atendiese. Cinco minutos después, la puerta de su des­pacho se abrió y nos hizo gesto para que entrásemos.

Haciéndole caso pasamos y nos sentamos frente a su mesa. Mientras yo le hacía las preguntas, Grover se encargaba de to­mar algunas anotaciones que apostillaban a las mías.

Después de una hora de una entrevista que daría pie al verda­dero argumento del libro, salimos del despacho con varios folios repletos de preguntas y respuestas. Cuando nos disponíamos a bajar las portentosas escaleras que suponían la salida del con­sistorio, me di cuenta de que había dejado la pluma que me había regalado P.T. en mi graduación en el despacho del regidor.

Una vez alerté a Grover de la pérdida, me di la vuelta y llame al despacho del alcalde. No obtuve respuesta alguna, pero como debía de recuperar mi estilográfica, entre decidido. No había nadie, y el recuperar mi esferográfico no supuso un gran es­fuerzo, pues se encontraba debajo de la silla en la que me había sentado, pero antes de ello, me dispuse a mirar algo que llamó poderosamente mi atención, en el centro de la mesa, con algunas manchas de tinta fresca, había un folio que no se encontraba allí hace solo unos minutos.

Motivado por la famosa curiosidad del periodista, eché una mirada en la que leí algo que cambió totalmente mi imagen sobre David H. B. Brokenshire:

Un nuevo rumbo para Inglaterra por Da­vid H.B. Brokenshire:

Dentro de pocos meses, cuando el otoño llegue a su fin, nosotros, los ingleses comprometidos con nuestra madre patria debemos hacer algo para que este bello país llegue a un nuevo rumbo, liderado por nosotros. Puede que ustedes se pre­gunten, ¿Cómo lo conseguiremos?

La respuesta es sencilla, cuando llegue el momento, nos alzaremos con el actual y demencial gobierno y haremos lo que de verdad hace falta, un GOLPE DE ES­TADO*

*En realidad, en el texto original las palabras no aparecían marcadas en negro y con mayúscula, pero lo he añadido para dar potencia a la frase.

Paré de leer y volví a rememorar las palabras del último párrafo, pues no podía creer que el Sr. Brokenshire, al­calde de Londres, con gran popularidad entre la ciudadanía y conocido ``demócrata´´ planeara dar un golpe de estado. En ese momento, mi oído me salvó la vida, pues oí como se acercaba alguien. Raudo cual puma, corrí hasta situarme detrás de las gruesas y opacas cortinas púrpuras.

Justo después, la puerta se abrió, pero, para mi respiro, era Grover, que me buscaba. Alertado también por la presencia del papel, se acercó a él, pero antes de que pudiese llegar a la parte verdaderamente importante, la puerta se volvió a abrir, dejando entrar al verdadero ocupante del despacho:

-¿Qué haces aquí? ¡La entrevista ha terminado!-vociferó el al­calde.

-Ya lo sé, pero estaba buscando…

-¡Me da igual! ¿Qué hacías mirando el folio?-preguntó preocu­pado.

-No me ha dado tiempo a leerlo-respondió aún más preocupado.

Después, sin saber muy bien qué hacer, se acercó a la puerta, y mirando todavía a los enfadados ojos del alcalde, salió de la habitación.

Aún bufando cual animal rabioso, el regidor se sentó en su silla de tercio­pelo y dobló el panfleto, metiéndoselo en la chaqueta. Yo mien­tras tanto, me encontraba detrás de las cortinas, rezando todo lo que sabía para salir de esa tan incómoda situación y mientras veía que el suelo estaba lleno de cosas, desde sacapuntas hasta cerillas.

Por suerte, unos minutos después la secretaría del alcalde llamó a este y yo pude escapar de ese fatigoso escenario, encontrán­dome en la puerta a Grover, con el cual fui a la sede del perió­dico, donde juntos montamos el artículo que al día siguiente ocu­paría la primera plana del periódico.

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