CAPÍTULO VII

Al día siguiente, me vestí (esta vez con ropa mucho más de diario) y tome el camino al periódico, donde nos volvimos a reunir, y nos volvió a dejar solos a Grover y a mí, donde nos dijo:

-Como bien sabéis, Wayne está en Escocia, cubriendo la miste­riosa aparición de oro, así que, aunque a regañadientes, debo encomendaros una misión que determinará vuestro futuro, pues no veréis la feliz cara de una escritora que responde a pregun­tas sobre su libro; veréis a uno de los mayores delincuentes que ha habido en este país: Puma.

-¿¡El famoso Puma!? Según me he enterado, su juicio final es hoy, ¿No querrá que lo vayamos a cubrir?-pregunté dubitativo a la vez que excitado.

-Esa es exactamente vuestra tarea de hoy-dijo mohíno y es­cueto.

-Pero…pero… es muy peligroso…-acertó a balbucear Grover.

-Grover, levántate del suelo y demuestra de que pasta estás hecho-le arengue.

Cumpliendo mis órdenes se levantó del suelo, se limpió las rodi­llas manchadas de algo de polvo y se puso erguido fingiendo que su caída al suelo había sido únicamente producto de mi imaginación y de la de Albert.

Antes de salir por la puerta, el director nos advirtió de una cosa importante:

-Llevad un pequeño bloc de notas, mucho más pequeño de lo habitual; para que no lo vea nadie, ya que no admiten periodistas y lo más importante, no miréis a Puma a los ojos, aunque este atado y maniatado podría escapar y cortaros la cabeza con solo una de sus uñas. Y que conste que no quiero decir que seáis enclenques, pero es que entre sus muchos car­gos está el matar a un hombre más fornido que vosotros dos juntos.

A continuación, salimos por la puerta acristalada que servía de entrada al diario. En el recorrido ambos estuvimos hablando de cómo sería Puma, los dos habíamos escuchado leído mucho sobre él, pero en verdad; ninguno lo habíamos visto.

Llegamos al juzgado de Londres, estuvimos viendo un cártel en el que se veían cada caso y cada sala. Pudimos ver que el juicio a Puma se encontraba en la sala 4, así que nos dirigimos a ella, pero justo antes de que pudiésemos entrar, un guardia cerró la puerta. Cuando llegamos le dije:

-Ábranos la puerta, señor-le pedí educadamente.

-No lo puedo hacer, la sala está llena-me respondió desnuda­mente.

-Eso es mentira-le dije de un modo frío-, he visto como quedaban al menos cuatro filas de bancos vacías.

-Me da igual-me volvió a manifestar más fría y escuetamente todavía.

-Mire señor, soy becario en el Siete Días, y necesito ver ese juicio para que los ingleses sepan lo que ha hecho ese hombre-dije con la frente arrugada mientras señalaba la sala-. Y quizás mi amigo el billete de 50 libras te ayude a tomar una decisión-dije mientras lo asomaba por el borde del bolsillo.

-¿Crees que me va a influir tu billete de 50 libras?-me reveló de la manera ya conocida.

-Quizás el de 50 libras no, pero él y los mellizos de 20 libras quizás te ayuden a tomar UNA BUENA DECISIÓN-expuse mientras vocalizaba de la manera más extrema.

Hizo un gesto como para que se lo diese sigilosamente, y solo una vez que lo había contado un par de veces, abrió la puerta y nos dejó entrar.

-¿Por qué le has dado tanto dinero? Nos deberíamos haber ido a la sede del periódico-me indicó Grover al entrar en la sala.

-Grover, eso es lo que Albert se espera, que desistamos a la primera; creo incluso que es él quien ha puesto ahí al vigilante-razoné.

Tras esa aclaración, otro vigilante, este con una gorra menos ostentosa y más sobria nos hizo señales para que nos calláse­mos y sentáramos. Obedientes, le hicimos caso y nos colocamos en los bancos de madera desgastada que llenaban la silenciosa habitación.

Un par de minutos después, otro vigilante entró y rezó:

-Preside el juicio el excelentísimo señor Thatcher, licenciado en Derecho por la Universidad de Bolonia.

A continuación entró por la puerta un delgado hombre, con una gran peluca blanca que cubría lo que parecía una brillante calva. Sus ojos llorosos miraron a la sala y después de que el juez to­mase asiento dijo:

-Juicio 231-K Acusado: Philip Fillon. Acusado de…

En ese momento comenzó a leer un largo pergamino, divido en 3 partes, cuya lectura ocupó unos 30 minutos. Al fin, después de que dijese mil y un delitos, dos enormes y bellas puertas de ma­dera, ya envejecida, se abrieron y dieron lugar a un hombre de enormes dimensiones que apenas cabía por la gigantesca en­trada.

Yo nunca antes había visto la cara de ese hombre, y pese a que he visto muchas cosas terribles a lo largo de mi andadura por el camino de la vida, sus ojos blancos con alguna vena rota (que hacía que su esclerótica o ``parte blanca del ojo´´ estuviese roja por la sangre cual tomate), su cara desfigurada y cuajada de horrendas cicatrices, destacando una particularmente gro­tesca y su cabeza calva con numerosas manchas y granos, de los que salían algunos pelos grises, se llevan la palma.

Cuando entró (provocando un gran ruido por los muchísimos grilletes que llevaba colgados) me pareció ver cómo me dirigía a mí una mirada, que hizo que los pelos de mi brazo se pusiesen de punta.

Después de eso, se colocó frente al magistrado, y prestó de­claración (siendo interrumpido numerosas veces por declaran­tes que llamaba el fiscal), dando lugar a preguntas tan es­trambóticas que parecen más propias de una novela que de un juicio, así que su lugar es ocupar los siguientes párrafos:

1) ¿Quemó usted el convento ayudándose de montones de bobi­nas de hilo?

2) ¿Incitó al menor de edad de una escuela primaria de Man­chester a echar matarratas en el estofado de la cafetería?

3) ¿Asesinó al vendedor de la tienda de plantas porqué decía que no era posible crear rosas azules?

4) ¿Provocó la inundación del ayuntamiento hace dos años por­que no le dieron permiso para construir una casa en mitad del banco?

Este es un pequeño extracto de las decenas de preguntas que el juez realizó, y a todas ellas el acusado respondía de una manera similar, decía ``Si´´ o ``No´´ con una voz quebrada, de persona analfabeta (pues Puma tenía esa condición) y acto se­guido agachaba la cabeza, mirando los grandes grilletes que po­blaban todo su cuerpo.

Casi siete horas después de que entrásemos en la sala (siendo ese el juicio más largo en el que he estado nunca), el juez (para la alegría de todos, ya que nos encontrábamos cansados y exhaustos) estaba preparado para exponer su veredicto.

-Señor Fillon, sus crímenes han asolado su país natal y a esta bella nación, que lo acogió para convertirlo en alguien mediana­mente normal; por lo que debo tomar la decisión de mandarlo al patíbulo, previo encarcelamiento de 2 meses, tiempo el que se encontrara marginado, todo el día encarcelado en una habitación, sin más compañía que el de su locura y el de los pocos mendrugos de pan duros que coma. He dicho-acto seguido golpeó en la mesa con el potente mazo y abandonó la sala.

Unos segundos después, todos los pobladores de la sala nos dis­poníamos a salir, pero entonces supe porque Puma recibía ese sobrenombre. Fiero cual toro español se encabritó y ni siquiera los portentosos gri­lletes pudieron pararlo. Rompió de una sola patada dos bancos, que antes habían estado ocupados por montones de personas.

A continuación, cogió un cuaderno de otro periodista infiltrado como nosotros y lo ingirió como si de un caramelo de menta se tratase.

Después comenzó a lanzar improperios (que como es normal, no puedo reproducir) e incluso agredió al funcionario que intentó detenerlo (y destacaría la palabra ``intentó´´).

-¡Márchense de aquí, Puma es muy peligroso!-alerté a toda la gente que miraba sorprendida el espectáculo que ofrecía Puma, teniendo la suerte de que un manotazo del criminal sólo me rozó.

Obedientes cual rebaño, todos salieron del juzgado, incluso los más curiosos. Mientras cerraba la puerta, vi como otros cinco guardias se abalanzaban sobre el acusado, consiguiendo pararlo al fin.

Aturdidos por el agotamiento de casi siete horas seguidas sen­tados en un banco, con el mísero descanso e 20 minutos para mojar los labios con un café aguado e insípido de la cafetería de los juzga­dos, nos dirigimos a la sede del Siete Días, donde sólo nos espe­raba Albert, pues todos los demás ya habían partido a sus domi­cilios.

Una vez hubimos tomado asiento en su despacho, le contamos con pelos y señales todo lo que ocurrió, poniendo especial ahínco en la brutal respuesta de Puma al conocer el veredicto.

Tras eso, le encomendé a Grover que se marchase a su casa, que yo montaría el artículo final. Siguiendo mis indicaciones (no sin forcejear un poco) se marchó a su apartamento a dormir. Cuando se marchó y yo pensaba en hacer algo análogo, pero a mí despacho, Albert me detuvo y me devolvió el dinero que le había dado al guardia que no nos dejaba entrar al juicio, mientras me dijo:

-Veo que no te da especial aparo desprenderte del dinero que te damos aquí…

-No si con ello puedo conseguir más-le interrumpí.

-Eso me parece bien-hizo una pausa y después continuó-. Cambiando de tema, mañana no vengas a trabajar, tanto Grover como tú habéis trabajado hoy como lo hacéis durante dos días normales.

Asintiendo y dándole las gracias, salí de la habitación y me dirigí a mi sala, donde redacte un gran artículo de 500 palabras sobre toda la trama del juicio, los delitos y lo más importante, de la conclusión de ese enigmático caso que trajo de cabeza a todo un país durante largos años en los que parecía que el Puma aca­baría con la vida de todo hombre que se interfiriese en su ca­mino.

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