Al día siguiente, como tantos otros a lo largo de mi vida, me
dirigí al Siete Días, pero ese lo recuerdo como uno de los más
tristes de mi carrera.
Entré por la acristalada puerta y me encontré a Albert
apenado, totalmente vestido de negro, algo raro, pues era un hombre verdaderamente
jubiloso y fue cuando me dijo algo que heló mis venas y puso de punta hasta el
último pelo de mi cuerpo:
-John, tengo una mala noticia que decirte-dijo.
-Suelta por esa boquita-le respondí con mi normal tono
jovial.
-Verás, esto es difícil de decir, pero… Grover ha
muerto-reveló.
-¿Có…mo?-acerté a decir desconcertado.
-Sí, ayer ocurrió la fatalidad-comenzó a contar-. Mientras
el pobre de Grover dormía toda la estructura de su antiquísima casa de madera
ardió cual palillo, provocando algo fatal. Su funeral es esta tarde, de ahí mi
lúgubre atuendo.
Después de estar un momento asimilando lo que acababa de escuchar,
acerté a decir afligido y escuetamente:
-Debo ir a casa a cambiarme de ropa, no puedo ir a darle el
último adiós a mi mejor amigo con estas vestimentas.
-Claro, mañana el periódico no llevara ningún artículo con
tu editorial, este es tu día libre; una muerte así se tarda en asimilar.
Incluso ahora recuerdo en numerosas ocasiones a mi compañero de vivencias,
Arnold Sullivan, que murió en un accidente de coche.
Después de ir a mi vivienda, y quitar de su funda mi ropa de
los funerales, me la puse y marché otra vez al Siete
Días, donde todos me esperaban para asistir al lúgubre evento. Nos
pusimos en marcha, y después de un sermón verdaderamente largo, le dimos un
último adiós a Grover. A continuación, el sacerdote me llamó al estrado y me
pidió que dijese unas palabras; y ya que yo no tenía fuerzas para luchar, le
hice caso y proclamé un sermón totalmente improvisado, pero que tuvo un efecto
satisfactorio.
Tras dar nuestras más sinceras condolencias a la familia,
todos marcharon a la sede del periódico, todos, menos yo, que me dirigí al
lugar que antes había ocupado la bonita hacienda de Grover. Allí ya solo
restaban los desechos de lo que fue una gran casa, las vigas de la estructura
se encontraban esparcidas por todos sitios, y lo mismo ocurría con los pocos
restos del mobiliario del hogar.
En pos de estar erguido unos cuantos minutos, reflexionando
de cuan perecedera, breve y esquiva es nuestra existencia, me iba a marchar,
pero por suerte, se me cayó la copia de las llaves del Pub. Como no podía ser
de otra manera, me agaché a por ella, pero vi algo más. Entre los escombros de
la ya inexistente casa había una caja de
cerillas usadas análoga a la que puede ver un día antes en el despacho del
alcalde Brokenshire, algo que me dio mucho que pensar, pues grandes pruebas
apuntaban a que había sido el regidor de la ciudad londinense el causante del
incendio. Pensando en que esa caja de cerillas me podía ser útil en otro
momento, la escondí detrás de unos matorrales, donde nadie la vería y donde la
encontraría si al final inculpaba al alcalde.
Asustado, por cuantas cosas estaba descubriendo de la vida
oculta del alcalde me escapé de allí y fui corriendo a mi casa, donde me tomé
unas cuantas tilas, yéndome después a mi camastro para poder consultar con la
almohada que hacer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario