CAPÍTULO X

Al día siguiente, como tantos otros a lo largo de mi vida, me dirigí al Siete Días, pero ese lo recuerdo como uno de los más tristes de mi carrera.

Entré por la acristalada puerta y me encontré a Albert apenado, totalmente vestido de negro, algo raro, pues era un hombre ver­daderamente jubiloso y fue cuando me dijo algo que heló mis venas y puso de punta hasta el último pelo de mi cuerpo:

-John, tengo una mala noticia que decirte-dijo.

-Suelta por esa boquita-le respondí con mi normal tono jovial.

-Verás, esto es difícil de decir, pero… Grover ha muerto-reveló.

-¿Có…mo?-acerté a decir desconcertado.

-Sí, ayer ocurrió la fatalidad-comenzó a contar-. Mientras el pobre de Grover dormía toda la estructura de su antiquísima casa de madera ardió cual palillo, provocando algo fatal. Su funeral es esta tarde, de ahí mi lúgubre atuendo.

Después de estar un momento asimilando lo que acababa de es­cuchar, acerté a decir afligido y escuetamente:

-Debo ir a casa a cambiarme de ropa, no puedo ir a darle el último adiós a mi mejor amigo con estas vestimentas.

-Claro, mañana el periódico no llevara ningún artículo con tu editorial, este es tu día libre; una muerte así se tarda en asimi­lar. Incluso ahora recuerdo en numerosas ocasiones a mi compañero de vivencias, Arnold Sullivan, que murió en un acci­dente de coche.

Después de ir a mi vivienda, y quitar de su funda mi ropa de los funerales, me la puse y marché otra vez al Siete Días, donde todos me esperaban para asistir al lúgubre evento. Nos pusimos en marcha, y después de un sermón verdaderamente largo, le dimos un último adiós a Grover. A continuación, el sacerdote me llamó al estrado y me pidió que dijese unas palabras; y ya que yo no tenía fuerzas para luchar, le hice caso y proclamé un sermón totalmente improvisado, pero que tuvo un efecto satisfactorio.

Tras dar nuestras más sinceras condolencias a la familia, todos marcharon a la sede del periódico, todos, menos yo, que me di­rigí al lugar que antes había ocupado la bonita hacienda de Gro­ver. Allí ya solo restaban los desechos de lo que fue una gran casa, las vigas de la estructura se encontraban esparcidas por todos sitios, y lo mismo ocurría con los pocos restos del mobilia­rio del hogar.

En pos de estar erguido unos cuantos minutos, reflexionando de cuan perecedera, breve y esquiva es nuestra existencia, me iba a marchar, pero por suerte, se me cayó la copia de las llaves del Pub. Como no podía ser de otra manera, me agaché a por ella, pero vi algo más. Entre los escombros de la ya inexistente casa había una caja de cerillas usadas análoga a la que puede ver un día antes en el despacho del alcalde Brokenshire, algo que me dio mucho que pensar, pues grandes pruebas apuntaban a que había sido el regidor de la ciudad londinense el causante del incendio. Pensando en que esa caja de cerillas me podía ser útil en otro momento, la escondí detrás de unos matorrales, donde nadie la vería y donde la encontraría si al final inculpaba al alcalde.

Asustado, por cuantas cosas estaba descubriendo de la vida oculta del alcalde me escapé de allí y fui corriendo a mi casa, donde me tomé unas cuantas tilas, yéndome después a mi ca­mastro para poder consultar con la almohada que hacer.


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