miércoles, 18 de julio de 2012

CAPÍTULO XIV

Llegó el gran día (el día X), y como todas las noches que precedían a los días importantes, no pude dormir y me tuve que pasar toda la madrugada leyendo o, simplemente dando vueltas por la casa, repasando vez tras vez cada detalle, por minio que fuese, de nuestro plan.

Cuando despuntó el alba ya tenía 5 cafés en el cuerpo y ya estaba totalmente uniformado para la operación, pero como pensaba que todavía Albert no estaría preparado (tonto de mí, pues él estaba incluso más nervioso que yo) me esperé hasta las 7:00.

A la hora ya citada, salí por la puerta, a la vez que P.T. abría el Pub y me preguntaba:

-¿Ya vas a trabajar, hijo? Desde luego estarán encantados contigo en el periódico-dijo orgulloso.

-Más o menos, P.T. Más o menos-dije dubitativo.

Una vez hubo terminado la escueta conversación, seguí con mi camino, hasta llegar al Siete Días, en cuya puerta me estaba esperando el curtido director.

-Así me gusta, John. La puntualidad es algo loable para un periodista-me felicitó.

-La verdad es que me resultaba difícil dormir teniendo que cumplir con una obligación tan importante-le expliqué.

-En realidad todavía no podemos salir hacia el ayuntamiento. Faltan varias horas.

-¿Y cómo pasaremos el tiempo hasta que llegue el momento de partir?-indagé..

-Yo tengo algunos juegos en mi despacho, además de montones de libros-me contestó Albert mientras se limpiaba las gafas.

-Si no hay una oferta mejor, vayamos pues-acepté-.

Y así, haciendo caso de lo que Albert había propuesto (y yo ratificado) fuimos hacia su despacho, donde estuvimos jugando principalmente a 10 partidas de cartas, en las cuales yo conseguí un reloj del director, pero él obtuvo 50 libras que me pertenecían.

Después de 3 o 4 horas de timbas, y gracias a que miré mi nuevo reloj pudimos salir, no antes de que convenciese a Albert de marcharnos ya, pues él quería seguir jugando a las cartas hasta recuperar su reloj.

Una vez salimos de la sede del periódico tomamos caminos distintos: él se dirigió hacia la oficina de policía y yo fui hasta el consistorio.

Cuando hube entrado, no fue un gran problema llegar al despacho del alcalde, pese a la total oscuridad. Ya dentro del despacho, no tuve más que meterme dentro del ``cuarto de las escobas´´ y empujar la pared, todo esto, como vengo narrando, en medio de la más absoluta oscuridad. Cuando me encontré dentro del despacho escuché un sonido, que iba acompañado de una voz:

-Bienvenido, señor Dawking.

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