Cuando salí de la cafetería ya había anochecido, pero pese a la oscuridad reinante por las calles debía ir esa misma noche a la casa de Albert Cameron, para que ambos emprendiésemos una maratónica investigación para acabar con los planes de subversión. Una vez hube llegado y llamado a la puerta, (moviendo el ``timbre´´ metálico con forma de boca de león) salió inmediatamente después el Sr. Cameron, con un pelo bastante desgreñado y un batín de seda grana; que llevaba las iniciales AC grabadas con hilo dorado y que dijo:
-¿Qué haces aquí, John?-exclamó desconcertado mientras miraba su bonito reloj para saber la hora.
-Por fin le puedo contar quien son ``ellos´´.
-Perdona, pero no estoy muy lúcido. ¿A quién te refieres?-inquirió mientras se rascaba la cabeza.
-Me refiero a los asesinos de Grover-aclaré.
En ese momento sus ojos se abrieron como platos, mientras se sentaba en un bonito sillón azul y hacía un gesto para que yo entrase y lo imitase.
-Pasa dentro, este no es lugar para hablar de eso.
Entramos en a un amplio salón decorado con bellas telas, que hacían pensar que si Albert Cameron no era muy cuidadoso en lo que a la ropa se refiere, si lo era en lo referente al mobiliario.
-Ahora podemos hablar tranquilos-empezó la conversación Albert mientras cogía su pipa y un poco de tabaco- ¿Quiénes son los asesinos de Grover?
-Pues, aunque no lo crea, es David Brokenshire-desvelé.
-¿¡EL ALCALDE!?-preguntó a la vez que gritaba-. Eso no es posible-descartó.
-Créame, David se pensaba que Grover había descubierto su plan del golpe de estado…
-¿Cómo que ``Golpe de Estado´´?-preguntó cada vez más alterado el periodista.
-Espérese, Sr. Cameron y al final todo le parecerá verosímil-él asintió con la cabeza y después calló, esperando a que hablase sobre aquel plan maquiavélico-.
``Según he podido saber por la mismísima secretaria del regidor, el alcalde lleva varios meses planeando (junto a otras personalidades políticas del país) un golpe de estado para acabar con el actual gobierno.
-¿Con qué fin?
-No sé porque lo harán los demás, pero el Sr. Brokenshire lo hace para poder llegar a ser el primer ministro, cargo que le han ofrecido.
Tras decir eso estuvimos cierto tiempo urdiendo nuestro plan
A la media hora aproximadamente salí de su majestuosa casa y alegre, marché al cine, donde pude ver a precio de saldo un bello melodrama que incluso hizo que soltase alguna lágrima (aunque alguna de ellas era provocada, ya que el parecer sensible era una de mis técnicas para el cortejo).
A la mañana siguiente…
El viento gobernaba las calles y a las diez de la mañana, Albert ya me estaba esperando a la puerta de su casa a con no más ropa que una camisa y una chaqueta casi raída, pese al mal día dominante en Londres.
Sin proferir palabra, comenzamos a andar; mientras Albert miraba su agenda color marrón en la que anotaba (en un idioma que jamás descifré) todos sus quehaceres y las exclusivas periodísticas.
Cuando estábamos a punto de entrar en el ayuntamiento, vimos a un renombrado periodista, y lo que es más importante, al némesis del Sr. Cameron, el ya casi octogenario Sigmund Livingstone, un periodista (a mi juicio) excelente, aunque bastante remilgado.
-Albert, ¿Cómo tú por aquí?-Inquirió el anciano con una mirada de repulsión.
-No es de tu incumbencia-respondió escuetamente-. Me jugaría el Siete Días a que has venido aquí a pedirle entrevistas al alcalde-dijo con un gesto de desaprobación aún mayor que el que él recibió- Yo en cambio, he venido porque sé algo muy importante de él, y es que…-no pudo terminar la frase, ya que yo le pisé contundentemente el pie.
-¿Y quién es este pipiolo que te acompaña?-Dijo fijándose por primera vez en mí-. ¿Ya le has enseñado lo que no hay que hacer para ser un buen periodista?
-Claro que sí, le he hecho leerse todos tus artículos-le respondió con una sonrisa sádica en la cara-.Bueno, si no es molestia, me gustaría que nos dejases solos.
Obediente, y después de escupir cerca de donde nos encontrábamos, se fue de allí ayudado de su brillante bastón.
-¿Por qué se lleva tan mal con él?-le pregunté yo mientras abría las puertas del consistorio.
-Sabes que no me gustan demasiado los secretos, pero el motivo de nuestras trifulcas irá conmigo a la tumba-profirió solemnemente dando por finalizada la conversación.
Una vez dentro del edifico, que en esos momentos estaba completamente vacío, yo me puse a cuatro patas para poder gatear sigilosamente y poder entrar en el despacho después de que Albert hiciese su parte con la secretaría:
-Hola Margaret, ¿Está el señor alcalde?-le inquirió mostrando su sonrisa.
-No. David últimamente anda muy ocupado con unos asuntos privados-le respondió mientras se limaba las uñas.
En cuanto el ``no´´ salió de la boca de la secretaría, abrí la puerta sin hacer ruido alguno, y solamente después de entrar y cerrar nuevamente la puerta me volví a poner erecto.
Siendo consciente de que el alcalde podía volver en cualquier momento de sus turbios asuntos, me dirigí raudo a su mesa y empecé a abrir todos los cajones, pero solo encontré ordenanzas municipales, presupuestos, pasatiempos varios y discursos oficiales.
-Este alcalde es listo-afirmé-, debe de haber cambiado de lugar los papeles de la operación. Pero, ¿Dónde estarán?-me dije para mí mismo.
Mirando la habitación como un águila mira el bosque bajo su vuelo, vi una puerta casi inapreciable, pues su color era exactamente igual al de la pared. Decidido, me acerqué a ella, y la abrí, pero allí solo había para mí desdicha una fregona y un cubo grisáceo, acompañado por algunas telarañas.
Cuando iba a salir por la puerta, oí gritar a Albert: ``Buenos días, señor alcalde´´, sin duda para alertarme de que debía esconderme, y sin pensarlo dos veces, fui hacia el armario de las escobas.
En efecto, justo cuando cerré la puerta del cuarto, el alcalde entró en su despacho murmurando contento y diciendo cosas como ``cada vez más cerca´´ o `` ¡Qué poco falta!´´.
Dentro del cuarto de las escobas estaba realmente incómodo, y en uno de los momentos de mayor suerte de mi carrera, me apoyé en la pared, dándome cuenta de que la pared frontal a la puerta estaba hueca. Intenté tirar al suelo la pared, pero fue inútil, así que haciendo ahínco de todas mis fuerzas pegué un puñetazo a la pared que la hizo caer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario