Bastantes
horas después, me desperté con un gran dolor de cabeza (aunque rechacé el licor
que la fémina me ofreció bebí demasiado) y tumbado en un sofá de color gris clarito.
Confuso, me quité las lentes, me limpié los ojos y miré a mí alrededor. A los
pies de otro sofá, y con la cabeza casi en el suelo se encontraba Grover, que había sido víctima
de los mismos estragos propios de las fiestas que yo.
Seguí
mirando a mis alrededores, y en ese momento supe en donde me encontraba. En una
ventana (cerrada para que el rayo cegador del sol no hiciese lo propio) se
podía ver un nombre con un logotipo: Siete Días.
En
ese momento, vi como Dwight subía unas roídas escaleras que crujían a cada
paso, que me dijo mientras sujetaba con una mano con café:
-¿Qué
tal? ¿Lo pasaste bien anoche?
-Claro,
con unos compañeros de fiesta tan buenos como vosotros cualquiera no se
divierte-adulé merecidamente.
-Díselo
a Steven-dijo irónico-, pese a su edad disfruta ahora de los placeres de la
vida más que cuando tenía nuestra edad. Su vaso de whisky diario es sagrado.
Por cierto, ¿No deberías ir al despacho de Albert, según he oído te tiene que
decir algo importante?-me recomendó con una sonrisa en la cara.
Entonces
lo recordé, aún estaba inmerso en una entrevista de trabajo para poder atarear
en el Siete Días. Raudo cual rayo
me recoloqué, limpié los atuendos y corrí hacia el despacho de Albert (después
de que me indicasen donde estaba).
Después
de un fortuito recorrido, allí me encontraba, delante de un despacho en el que
un cártel que rezaba: ``Sr. Albert Cameron. Director´´, en un lugar que
en otras muchas ocasiones me hubiese gustado estar. Decidido. Llamé dos
veces con los nudillos de la mano derecha, temblorosos, pero decididos. No
tardé en oír una contestación:
-Adelante-dijo
una voz recia.
Crucé
el umbral de la puerta y el Albert me dijo:
-Al
fin estás aquí, ya pensaba que no ibas a venir, por eso mande a Dwight a
buscarte-dijo aliviado.
-Pues
aquí estoy, ¿Qué tienes que decirme?-inquirí.
-Cuando
ayer vinimos, la mayoría de vosotros cayó al sofá, a la moqueta o a donde fuese
a echar una larga cabezada; pero yo y Stephen, como los perros viejos curtidos
en mil batallas que somos no necesitamos ese sueño con tanta premura, por lo
que nos encargamos de preguntar a cada uno de los empleados del periódico como
había sido la relación contigo. El balance fue arrollador: ocho personas
dijimos que sí te queríamos dentro, y sólo una (cuyo nombre, por supuesto, no
puedo desvelar) no te apreciaba, aunque como él mismo dijo, no te conocía lo
suficiente. Por eso debo felicitarte, desde el día de mañana, lunes, eres el
nuevo becario en asuntos de política (en deportes ya está todo ocupado) del Siete Días.
La
alegría y el júbilo llenaron en ese momento cada célula de mi cuerpo, y solo
acerté a decir:
-Muchas
gracias, Albert.
-Deberías
ir al Pub Melanie, cuando me marché oí como todo el mundo te felicitaba.-me
recomendó
-Es
cierto, me estarás esperando para que les cuente como me fue anoche.-dije
cayendo en la cuenta.
Salí
rápidamente del despacho, corrí y corrí como lo hacía la señora Pittsburg cada
vez que un hombre le robaba el bolso (cosa bastante común), pese a mi creciente
y continuado dolor de cabeza, hasta que
por fin pude ver el bloque de edificios en el que residía, y debajo de este, el
Pub Melanie.
Entre
apresurado por la puerta, y rápidamente llamé la atención de los clientes y por
supuesto de P.T. que salió acelerado de su cocina:
-Pero,
muchacho, ¿Qué haces aquí un domingo a estas horas?-preguntó extrañado.
-El
Sr. Cameron me ha dado una contestación-proclamé entre la gente que llenaba el
bar, causando en seguida un efecto llamada.
-¿Y
qué te han dicho, hijo?-me dijo el amable Sr. Brown, al que le había servido
cientos de rondas, y que me conocía como a un hermano.
-¡Calla,
Larry! Déjale hablar-le espetó P.T. haciendo galantería de todo su mal humor
mañanero-¿Qué te han dicho?-me preguntó en un tono mucho más amable.
-Amigos,
me agrada deciros que desde mañana trabajaré en el mejor periódico de toda
Inglaterra, el Siete Días; en la sección
de política-anuncié.
Entonces
todos los clientes desfilaron por delante de mí para darme las felicidades, ya
que durante un par de años (entre servicio y servicio) les había contado que mi
más ferviente sueño era trabajar en ese periódico.
A
continuación, P.T. sacó una gran fuente de tortitas y una botella del magnífico
ron añejo que guardaba en el sótano y que solo sacaba de allí para las ocasiones
especiales, y que sólo había visto cuando el alcalde Brokenshire había sido elegido y reelegido (y vino
al pub a celebrarlo). Sacó el desayuno y las botellas cuando dije la frase
mágica:
-Yo
invito.
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