CAPÍTULO III

El doctor y yo no nos volvimos a ver más hasta dentro de 2 meses, justo el día de mi graduación, en el que estaba acompañado por todos mis amigos: P.T., los parroquianos del Pub, mi buen amigo de la infancia, Peter; Mindie, una chica guapa e inteligente con la que solía quedar para hacer apuntes e ir al lago…

Después de que el doctor Filmore me entregase el diploma (con guiño de ojo incluido), subí al estrado y como número uno de la promoción tuve que pronunciar un discurso bastante largo que el propio profesor Filmore me entregó, pues era un módelo estándar, aunque yo lo cambié tanto que ni siquiera él pudo reconocerlo.

A continuación, baje de la plataforma y me fui con P.T. y mis amigos, todos de punta en blanco, cuando me advertí de que  P.T. estaba ¡¡Llorando!!:

-P.T. ¿Estás llorando?- pregunté atónito e incrédulo.

-Sí, pero es que no quiero lo que se avecina.

-¿Cómo lo que se avecina?- indague intrigado.

-Ahora que tienes tu título universitario, te irás del Pub y me dejarás sólo, aunque bueno ¿Nos visitarás cuando seas un perio­dista famoso?-me respondió.

-En primer lugar, pasarán unos meses hasta que encuentre un buen trabajo; y en segundo, cada vez que tenga que comer fuera de casa, ya sea por obligación o por gusto, me verás en el Pub.

-Supongo que me dejarás buenas propias-me dijo en un tono jocoso, mientras guiñaba su ojo izquierdo.

-Te las dejaré si suavizas tu humor, porque desde que te dieron con esa bala en la pierna, tienes un humor propio de canes…-le rebatí con un tono más chistoso y sarcástico todavía.

Durante los 3 meses siguientes, mi labor no cambió mucho; solo que en vez de ir a la universidad me dediqué a enviar montones de currículos y al ir a otras tantas entrevistas, pero el resultado nunca era el satisfactorio, aunque todo ello cambió un 15 de octube en el que P.T. me dijo al llegar:

-¿No has visto quien está tomándose una gran remesa de torti­tas en la mesa 17?

-Supongo que el alcalde Brokenshire, pues siempre se sienta en esa mesa- alegué.

-Es alguien que puede cambiar tu futuro, ves a ver- me indicó.

Siguiendo sus indicaciones miré por la pequeña ventana que P.T. tenía en su cocina y para mi sorpresa, vi a Albert Cameron, director de Siete Días. Allí estaba él con sus lentes impolutas de montura circular, con su gran barriga (alimentada por cientos de tortitas, que según rumoreaban era su comida preferida) y con unos zapatos marrones desgastados por el uso, que dejaban en­trever que no valoraba mucho ni la ropa ni los com­plementos

-¡Ves a pedirle un trabajo!-me gritó a la vez que me ordenaba P.T.

-P.T, sé coherente, ¿Cómo me van a dar un trabajo en el tercer periódico con más tirada en el país y en el primero de la ciudad de Londres si hace dos días me desecharon cual panfleto usado del Cuatro Estacio­nes?-dije entristecido.

-No, John, sé coherente tú-me dijo señalándome con su dedo manchado de la grasa de las tortitas- ese director de Cuatro Estaciones es un meapilas presuntuoso y ¿Cómo te van a acep­tar en el trabajo de tus ilusiones si tú mismo dices que no tienes posibilidades?-intentó convencerme, ya que por su pasado en el ejército sabía cómo motivar.

-¿Sabes lo que voy a hacer, P.T.?-él negó con la cabeza-.Voy a ir hay y le voy a pedir un trabajo al mismísimo Albert Cameron, y me va a decir que sí ¡¡QUIERA O NO!!- grité.

-Así me gusta, nunca ha sido de mi agrado tener cobardes en mi tropa-dijo ter­minando la conversación.

Motivado al máximo y con las energías renovadas, salí por la puerta, llegué a la mesa 17 y le dije a su ocupante:

-Señor Cameron, ¿Me puedo sentar un momento con usted?-pregunté.

-Como usted quiera, pero supongo que no le pagan por sentarse a charlar-dijo en tono cómico señalando mi grana uniforme.

-Tengo el permiso del jefe-dije mientras miraba a la pequeña ventana, donde PT me miraba con los pulgares en alto, inten­tando decirme que las cosas iban bien.

-Bueno, entonces siéntate-después de seguir sus instrucciones inquirió-¿Qué quiere joven?-inquirió.

-Sr. Cameron, mi nombre es John William Dawking. Desde hace 3 meses estoy licenciado en periodismo y me gustaría, al menos, tener la oportunidad de una entrevista para poder trabajar en su periódico-le respondí en un tono de confianza en mí mismo.

-Debo reconocer que tienes valor, pocos periodistas se atreven a pedirme trabajo un día cualquiera-conto-, y como bien has dicho, tienes dere­cho. ¿En qué te gustaría trabajar, en política o en deportes?-me dijo mientras yo sonreía.

-Ambos campos son de mi agrado, me acomodaría al que hiciese más falta- dije con un tono que ya tenía entrenado para las en­trevistas.

Durante los sucesivos 30 minutos me preguntó sobre todo: mi historial académico, como era mi relación con los consumidores del Pub y mi trabajo en el mismo, sobre mis periódicos preferidos e incluso se introdujo en la amplia cocina de P.T. para hablarle sobre mi trabajo du­rante 5 minutos y a continuación hizo lo propio con los asiduos clientes del Pub.

Después de dicha rueda de reconocimiento, que demostraba que era un hombre muy controlador y perfeccionista me dijo:

-Por ahora la cosa va bien, estás con un pie dentro- y a conti­nuación me hizo la pregunta más anómala que nadie me había hecho en una entrevista de trabajo (y a lo largo de mi vida he tenido miles)- ¿Te gustan las fiestas?

-¿Cómo?-pregunté incrédulo y atónito, siendo ese el único mo­mento de la entrevista en el que mi tono de voz cambió.

-Creo que la pregunta es fácil de entender, ¿Te gustan las fies­tas?-volvió a preguntar.

-Claro que me gustan, aunque por otra parte es normal en un chico de mi edad.

-¿Sales de fiesta los días laborables?-indagó.

-Normalmente no, pero si lo hago (que lo hago de media una vez al mes) al día siguiente voy al trabajo fresco como una rosa, pues yo pienso que si sabes salir también debes saber madru­gar-razoné.

-Interesante raciocinio, ¿Estás libre el próximo jueves?-preguntó interesado.

-No tengo nada realmente importante que hacer. ¿Por qué?

-El próximo jueves es el día mensual en el que los periodistas de Siete Días salimos juntos de fiesta, y si congenias con tus POSI­BLES compañeros, el puesto será tuyo. Esto es necesario porque me gusta que todos mis empleados sean una piña-explicó y dicho esto pidió la cuenta, no haciendo falta llamar a P.T. dos veces, pues al igual que todos los clientes del Pub nos estaba mirando sin el mínimo resquicio de pudor.

Una vez que el Sr. Cameron pagó su cuenta (le pareció barata) y se alejó lo suficiente del Pub para que no pudiese ver lo que allí acontecía, el bar entero se llenó de jolgorio y algarabía, pues todos los parroquianos y P.T. fueron a darme las felicidades, respondiéndoles yo como sería propio de un jugador de futbol a punto de conseguir un título, pero que está sujeto a las repri­mendas del entrenador:

-Estoy cerca de conseguir el empleo, pero todavía queda una prueba que puede ser que me quite todas mis posibilidades.

-¿Pero qué dices, John? ¡Si a veces has llegado al pub con unas ojeras tan grandes como platos por todo lo que habías trasno­chado!-me rebatió P.T. causando risas generales. Y por cierto, el jueves no hace falta que vengas, quédate durmiendo hasta el mediodía, vente a comer y otra vez a dormir, debes al 100% cuando salgas con tus futuros compañeros.

1 comentario:

  1. Rafa no se como puedes tener tanta imaginacion para inventarte tu todo esto normalmentoe cuando yo me invento libros sulen ser de una hoja de cuaderno por las dos caras y ya esta. El libro esta muy bien (de momento) como sigas asi vas a tener que enviar tus libros a alguna editorial para que los publiquen

    C.M.L.V

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