domingo, 15 de julio de 2012

CAPÍTULO XI

Aquella noche no pegué ojo. Mis párpados sólo cayeron sobre mis ojos marrones para pestañear. Durante todo el crepúsculo estuve mirando el techo de madera, pensando incansablemente si debía contar a las autoridades competentes los planes golpistas del alcalde Brokenshire y de sus secuaces, que en ese momento me eran desconocidas.

Cansado de estar postrado en mi camastro sin descanso du­rante horas, me levanté al alba y me vestí sin muchos adornos, solamente una camisa blanca, unos pantalones y unos zapatos negros.

Después de tomarme una considerable dosis de café fuerte (ya que no había dormido nada durante la noche), cogí mi maletín y salí de casa. Lo primero que hice fue ir al parque MacArthur, donde solía ir con mis amigos a pasar un rato afable o para aclarar mis pensamientos, ya que el rocío que mojaba el buen césped del parque solía ayudar a mi cerebro a salir de dudas; siendo este el motivo porque el que fui ese día.

Después de pasear un rato que no sabría medir con minutos y segundos, había aclarado mis pensamientos (o al menos eso pensaba).

Me dirigí al Siete Días, y como yo esperaba, en la puerta acristalada ya lucía el cartel de ``Abierto´´. Decidido, atravesé la puerta y me dirigí al despacho de Albert. Llamé con los nudillos a la puerta, y pase:

-¿Qué haces aquí tan pronto, John?-indagó sorprendido Albert.

-Albert, sé quien asesinó a Grover-proclamé haciendo caso omiso a su pregunta.

-¿Có…mo?-inquirió el director, emulando a mi respuesta del día anterior.

-Ha oído bien. Por culpa de una exclusiva, Grover murió, y suerte he tenido de que ``ellos´´ no sepan que yo también lo sé, valga la redundancia-respondí.

-¿Quiénes son ``ellos´´? ¿Quién asesinó al pobre Grover?-pre­guntó con una voz quebrada.

En ese momento caí en la cuenta: el saber (aunque en realidad no lo sabía) la existencia del Golpe de Estado acabó con la vida de Grover, y era propio de un verdadero necio pensar que Albert Cameron, uno de los mejores periodistas que había dado Gran Bretaña, no indagaría en el asunto, arriesgándose a tener el mismo final que su empleado. Y era demasiado pronto para que Albert corriese ese riesgo, antes debía tener más información.

-¿Sabe qué, Sr. Cameron?-él negó con la cabeza-. Todavía no le puedo decir quiénes son ``ellos´´, pero no le quepa duda que de pronto lo sabrá. Sólo le puedo decir que algo gordo se está co­ciendo en Londres.

Después de decir esas últimas palabras, y bajo la atenta e incrédula mirada del Sr, Cameron, cerré la puerta y me marché de allí.

Mi situación no cambio un ápice durante dos días: yo no sabía qué hacer, Albert me acechaba en las esquinas, preguntándome sin cesar por la identidad de aquellos misteriosos hombres… Pero todo ello cambió una húmeda mañana, en la que después de vestirme, bajar al portal y saludar al anciano portero, Opie, que siempre tenía una sonrisa y un comentario amable para quien lo necesitase, abrí mi oxidado buzón, que se perdía entre los montones de ellos que allí había. En el casillero encontré lo propio: cartas. Algunas eran del banco, otras de publicidad, pero otra no tenía ni remitente, ni sello, ni realmente nada de lo que caracteriza a una carta. Sólo uno de los laterales rezaba: ``John´´.

Intrigado con la curiosidad que nos caracteriza a los periodistas (que ya he citado en numerosas ocasiones), abrí el mensaje y lo leí:

Ambos sabemos lo que están tramando ciertas personas para nuestro país dentro de unos cuantos meses. Ninguno de los dos lo queremos, y si quiere que le amplíe la información, venga mañana a las 18:00 al café Italia. Por favor, venga sólo y no hable de esto con nadie. Yo me dirigiré a usted.



Me sentía emocionado y, en menor medida, asustado. Puede que esa confesión de alguien anónimo me fuese útil, pero quizás fuese una trampa. Yo sabía que debía correr el riesgo, no solamente por mí, sino porque era posible que además del emisor, sólo yo conociese los malévolos planes del alcalde Brokenshire y sus secuaces.

Excitado, me fui al trabajo, donde tuve que hacer muchísimos esfuerzos para no contar a nadie, ni siquiera a Oliver Green (que siempre se interesaba por los asuntos ajenos) lo que esa misma tarde me ocurría. Por fin, a las 17:30 (después de inventarme una rebuscada excusa) pude salir raudo por la puerta y dirigirme al Pub Italia, donde encontraría al misterioso remitente.


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