Unos días
después, allí
me encontraba yo junto a mi compañero, Grover, para realizar la entrevista
personal y privada al alcalde de Londres, David H. B. Brokenshire, que gozaba de una gran popularidad
entre la ciudadanía, pese al mal momento que pasaba su partido, que corría
riesgo de desaparecer.
Brokenshire
era un regidor muy cercano al pueblo y que siempre que podía prescindía del
guardaespaldas y de la corbata, por lo que era bastante común para la
ciudadanía verlo en el Pub Melanie, lugar al que asistía el populacho en lugar
de al ayuntamiento, ya que en el Pub no debían pasar cientos de trámites
burocráticos para hablar con el primer edil durante unos escasos cinco minutos.
Incluso
recuerdo una ocasión en la que un hombre con barba, gafas de gran empaque y
zapatos llenos de barro se le acercaba a perdirle nada más y nada menos que
1000 libras; el Sr. Brokenshire se las entregó sin dudar un momento, y al día
siguiente a la misma hora y en el mismo lugar, el deudor satisfacía su
empréstido, creo que incluso con intereses, ya que pude vislumbrar seis
billetes de 100 libras, dos de 200 y cuatro o cinco de 50.
Pero
volviendo al tema: la empleada pelirroja que unos días antes no me dijo donde
se encontraba el primer edil nos abrió la puerta y Grover y yo pasamos a una
gran sala de espera, en la que nos sentamos para hacer antesala a que el
alcalde Brokenshire nos atendiese. Cinco minutos después, la puerta de su despacho
se abrió y nos hizo gesto para que entrásemos.
Haciéndole
caso pasamos y nos sentamos frente a su mesa. Mientras yo le hacía las
preguntas, Grover se encargaba de tomar algunas anotaciones que apostillaban a
las mías.
Después
de una hora de una entrevista que daría pie al verdadero argumento del libro,
salimos del despacho con varios folios repletos de preguntas y respuestas.
Cuando nos disponíamos a bajar las portentosas escaleras que suponían la salida
del consistorio, me di cuenta de que había dejado la pluma que me había
regalado P.T. en mi graduación en el despacho del regidor.
Una vez
alerté a Grover de la pérdida, me di la vuelta y llame al despacho del alcalde.
No obtuve respuesta alguna, pero como debía de recuperar mi estilográfica,
entre decidido. No había nadie, y el recuperar mi esferográfico no supuso un
gran esfuerzo, pues se encontraba debajo de la silla en la que me había
sentado, pero antes de ello, me dispuse a mirar algo que llamó poderosamente mi
atención, en el centro de la mesa, con algunas manchas de tinta fresca, había
un folio que no se encontraba allí hace solo unos minutos.
Motivado
por la famosa curiosidad del periodista, eché una mirada en la que leí algo que
cambió totalmente mi imagen sobre David H. B. Brokenshire:
Un nuevo rumbo para
Inglaterra por
David H.B. Brokenshire:
Dentro
de pocos meses, cuando el otoño llegue a su fin, nosotros, los ingleses
comprometidos con nuestra madre patria debemos hacer algo para que este bello
país llegue a un nuevo rumbo, liderado por nosotros. Puede que ustedes se pregunten,
¿Cómo lo conseguiremos?
La
respuesta es sencilla, cuando llegue el momento, nos alzaremos con el actual y
demencial gobierno y haremos lo que de verdad hace falta, un GOLPE DE ESTADO*
Paré de leer y volví a rememorar las palabras del último párrafo, pues no podía creer que el
Sr. Brokenshire, alcalde de Londres, con gran popularidad entre la ciudadanía y
conocido ``demócrata´´ planeara dar un golpe de estado. En ese momento, mi oído
me salvó la vida, pues oí como se acercaba alguien. Raudo cual puma, corrí
hasta situarme detrás de las gruesas y opacas cortinas púrpuras.
Justo después, la puerta se abrió, pero, para mi respiro,
era Grover, que me buscaba. Alertado también por la presencia del papel, se
acercó a él, pero antes de que pudiese llegar a la parte verdaderamente
importante, la puerta se volvió a abrir, dejando entrar al verdadero ocupante
del despacho:
-¿Qué haces aquí? ¡La entrevista ha terminado!-vociferó el
alcalde.
-Ya lo sé, pero estaba buscando…
-¡Me da igual! ¿Qué hacías mirando el folio?-preguntó preocupado.
-No me ha dado tiempo a leerlo-respondió aún más preocupado.
Después, sin saber muy bien qué hacer, se acercó a la
puerta, y mirando todavía a los enfadados ojos del alcalde, salió de la habitación.
Aún bufando cual animal rabioso, el regidor se sentó en su
silla de terciopelo y dobló el panfleto, metiéndoselo en la chaqueta. Yo mientras
tanto, me encontraba detrás de las cortinas, rezando todo lo que sabía para
salir de esa tan incómoda situación y mientras veía que el suelo estaba lleno
de cosas, desde sacapuntas hasta cerillas.
Por suerte, unos minutos después la secretaría del alcalde
llamó a este y yo pude escapar de ese fatigoso escenario, encontrándome en la
puerta a Grover, con el cual fui a la
sede del periódico, donde juntos montamos el artículo que al día siguiente ocuparía
la primera plana del periódico.
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