sábado, 30 de junio de 2012

CAPÍTULO II


Llegué al Pub Melanie, mi lugar de trabajo durante los últimos 2 años y el sitio de dónde sacaba el dinero para poder cos­tear mis estudios universitarios de periodismo, ya que no tenía ningún otro sustento económico, mis padres murieron a mis 8 años y durante otros 10 estuve internado en un apestoso orfanato en el que nos trataban como a vulgares ratas, pero por suerte a los 18 pude escapar de allí y labrarme un futuro.

Saludé a P.T., el chef y ex militar de guerra (retirado de estas tareas por una bala que tenia incrustada en la pierna derecha), cuyas tortitas eran reconocidas como las mejores de todo el sur de Inglaterra, y unas de las mejores del Reino Unido.

-¿Qué tengo que hacer hoy?- le pregunté.

-Vete tomando los pedidos- me encomendó.

-¿Eso no lo hace Alex?- le repliqué.

-Lo suele hacer normalmente, pero al haberse caído ayer por las escaleras y romperse la tibia le resulta complicado. Ahora ves y re­cuerda a los clientes que tenemos varios menús del día y a muy buen precio-  me respondió.

Raudo y veloz me fui acercando mesa por mesa preguntando siempre la misma frase característica del Pub: ``¿Quiere el Menú del día?´´.

Y la respuesta siempre era la misma  ``¿De qué está com­puesto?

A continuación, yo le relataba la preparación y junto después, todos aceptaban.

Eso era lo corriente y normal, pero no en la mesa de alcalde Brokenshire, cuyas respuestas siempre me dejaban atónito (siendo la que ahora relato una de la más ``normales´´). Llegué a su mesa y le pregunté:

-¿Qué será hoy, Sr. Brokenshire?

-Perdona la intromisión, pero ¿Qué ha sido del chico rubio que siempre toma los pedidos? Creo que se llamaba Alex.

-Ayer se rompió la tibia y como es normal, no puede venir. Le daré sus recuerdos-el alcalde asintió demostrando que estaba conforme con lo propuesto. A continuación le pregunté- ¿Qué quiere?

-¿Cuál es la recomendación del chef?- me preguntó.

-Filete a la pimienta con guarnición de patatas con salsa Edmi­son- le respondí.

-¡Póngame eso! No sé que es esa salsa Edmisen o Edmison, pero lo quiero probar-proclamó excitado.

-De acuerdo, señor- dije apuntando sus preferencias mientras me daba la vuelta, pero volvió a inquirir:

-¿Cuál es su nombre, joven?

-Soy John William Dawking.

-Dawking… Dawking… ¿No está usted estudiando periodismo en la universidad?-dijo mientras pensaba.

-Exacto, y me va bastante bien, si es posible terminaré mis estu­dios dentro de 2 o 3 meses.

-¿Qué clase de periodista decidirás ser: política, deportes, coti­lleos…?- indagó

-La verdad es que me encuentro en una encrucijada entre los deportes y la política, -le respondí mientras guardaba el blog de notas y el bolígrafo en el pequeño bolsillo de mi rojo uniforme.

-Pues si lo consigues y te contrata un buen periódico, que te contratará-afirmó-; estaría encantado de concederte una entrevista- me ofreció.

-Y yo estaría encanta…-no pude terminar la frase, ya que los griteríos de la grave voz P.T. me obligaron a seguir tomando no­tas a las mesas.



Al día siguiente, asistí a la universidad, en la que hable en privado con mi profesor y amigo, el Doctor en Periodismo Ronald Fil­more:

-John, pronto recibirás tu título de periodista, pues este año los alumnos del último curso habéis ido muy deprisa y como todos los años, al número 1 de la promoción de mi departamento, es decir, a ti…-dijo señalándome, pero no pudo continuar, pues lo interrumpí:

-¿Cómo que yo soy el Nº1 de su promoción? ¿Qué pasa con Ge­orge?-pregunté sorprendido, pues aunque George era un chico callado, y que no demostraba un intelecto muy grande en las conversaciones diarias sus calificaciones en la universidad era de verdadero vértigo.

-No me hables de George-dijo asqueado y ofendido-. Ese maldito impostor analfabeto no que no sabe ni cómo ponerse las botas consiguió sus magníficas calificaciones mediante engaños y copiando, de una manera ruin y rastrera, como no hay otra. Pero no hablemos de eso-indicó dando el tema por sentado-. Lo que te quería decir es que como número 1 de la promoción te quiero obsequiar con la oportunidad de poder trabajar en 2 importantes periódicos de la ciudad, como son La Armonía y El Votante, ya que sus directores son conocidos míos, no amigos, pero sí cono­cidos.

-Lo siento, Dr. Filmore, pero debo declinar su oferta, ya que nin­guno de esos periódicos cumple, a mi juicio, el Código Deontoló­gico, ya que ambos son radicales y disfrazan la realidad para favorecer a los partidos políticos que los controlan, el Whig y el Tory, respectivamente. Para mí, el periodismo es dar las infor­maciones tal y como son, ya que nosotros desde nuestras esti­lográficas y plumas formamos las ideologías de mucha gente que creen que estamos en lo cierto al escribir y divulgar eso-proclamé mientras recodaba los motivos que me llevaron a declinarme por estudiar periodismo.



-Tienes razón, pero dime; si no te agrada ninguno de esos 2 pe­riódicos, los dos con más tirada nacional, ¿Cuál te gusta?- in­tentó averiguar.

-Principalmente me gusta Siete Días, un periódico de informa­ción política y deportiva verídica, y sin manipular. Es el periódico fundado por su aún director, Albert Cameron- respondí.

-Me gustaría ayudarte, pero ni conozco a Albert Cameron ni a nadie del Siete Días- me dijo mientras hacía un movimiento con las cejas muy característico suyo.

Dicho esto me marché de su despacho.




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